Una parada en el camino

Una parada en el camino

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El miedo y la casa del lago

He tardado en volver a escribir y no porque tuviese cosas mejores que hacer, sino todo lo contrario. Pero antes tenía que tomar la decisión más importante: hacerlo pensando en que nadie me iba a leer.

Tengo miedo, no a que me juzgues. Tengo miedo, por ejemplo, a no saber explicarte qué me atormenta. ¿Ves? Utilizo el yo yo yo y sin embargo aquí estás tú, estamos todos. Quizás lo único que nos diferencia es cuánto nos delimita. El que mejor midió el tiempo, el profanado Borges, decía que siempre nos encontramos en el medio, como esclavos, entre el pasado y el futuro. Pero es ahí, en ese margen impersonal donde flotamos. Tengo miedo a lo de antes, por si deseo que vuelva y no consigo hacerlo. Me asusta el día en el que mi hijo me pregunte qué fue lo mejor que hice con o en mi vida. Entretanto, no soy madre, porque a veces pienso que mi cuerpo no se merece que lo castigue y deforme durante 9 meses. Tampoco mi hijo se merece una madre como yo, a veces incapaz de amar diez horas seguidas. Seguro que le reñiría por jugar a juegos absurdos, por llorar cuando le dejo solo y por no saber cocinarle como las mamás de sus amiguitos. Detesto cocinar un filete, un huevo, un plato de lentejas. Así, de uno en uno… Siempre pienso que los mediodías en casa y la nevera es el mejor reflejo de mi vida entera, o de cualquier soltero, y este fin de semana sólo quedaba la cerveza que empecé el jueves. De repente otros días me da por creer que sería la mejor mamá del mundo. Con muchos bebés descalzos corriendo por el jardín, de los que aprenden pronto a escribir y antes a leer. Niños de buen comer, que sonrían mucho y se conformen con poco. Imagino cómo serían sus caras y regresa el miedo, el mismo que me genera pensar que mis santos padres pueden sentirlo por mí. No entiendo por qué cuanto más independiente, más necesito, al menos, su aprobación. Sus buenos ojos frente a los míos, inconformistas y tristes. Ya lo sé: me da miedo que ellos me teman y un día tenga que darles la razón. Como el ‘te vas a caer, hija mía’, y va y te la pegas.

Así que entre esta nebulosa que ni tuya ni mía, ando yo, espantada por esas ilusiones que no espantan. Es como un estado de congelación al despertar, empieza en el dedo gordo del pie y sube hasta mis manos quietas, mientras la cabeza sigue girando y queriendo saltar. Tengo miedo a que nada me dé miedo, que de repente el mundo se detenga y yo con él. Que esta intensidad que me incita, me conmueve, me pone y me empuja, ya no me dé vuelta. Me da miedo que pase el tiempo y no me encuentre donde quiero estar, como si este temblor no me llevase allí donde quiero ir. También tengo pánico a preferir a Jodorowsky antes que a Bukowski. Eso me asusta mucho, casi tanto como el quiero y no puedo, aunque eso más bien me da repugnancia. Es la cobardía del cinismo, del mediocre quejoso que vive muerto. No es que uno pueda conseguir todo lo que quiere, como prometen los ensayos baratos de autoayuda. Si fuera así, yo estaría ahora escribiéndote desde una casa frente a un lago, que sería mía, y que pagaría gracias a los que compran mis libros. Pero no lo estoy porque los ahorros no me alcanzan para un fin de semana en la Sierra de Madrid, ni quiero abandonar la intimidad de mi piso compartido, ni tengo talento para que me lean. Menos aún para que paguen por ello.

Al final hay ‘no quieros’ para todo y ‘te quieros’ para nada. Otra cosa que me asusta es extrañar todo eso que cada mañana me gustaría mandar lejos. Pero en verdad lo que me da terror son los que nos quieren robar los sueños: los que temen perder un trabajo, al qué dirán, a decir No a quien todos dicen Sí, al querer volver de donde te fuiste… Así que a los que creen que romper ataduras significa insensatez, les mandaría muchos abrazos. Y para los que perseguir una ilusión es tan sólo precipitarse al fracaso, les regalaría un pedazo de vida. Porque ellos, los que te llaman loco y te retienen, son sólo esclavos de su propia cordura. Y de su miedo. Pero por suerte el miedo está hecho para valientes, no para los que se detienen, viendo pasar su vida estando más pendientes de la tuya. La mía sueña con la casa del lago. Lástima que no sepa escribir.

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