Una parada en el camino

Una parada en el camino

Archivos por Etiqueta: Julio Anguita Parrado

8 años de la muerte de Julio Anguita Parrado

Hoy día 7 de abril de 2011 se cumplen 8 años de la muerte del periodista Julio Anguita Parrado, y desde aquí me gustaría hacerle mi pequeño homenaje… Porque Julio representa a todos ésos jóvenes periodistas con ganas de comerse el mundo, de estar donde está la noticia, donde está la persona que no tiene voz. Julio representa a ésos que aún creen en un periodismo verdadero y vocacional y que aman esta profesión más que a su vida… Julio encontró la muerte en Irak, mientras cubría la guerra para el diario EL MUNDO, como ‘empotrado’ de las tropas americanas. La polémica surgida por las condiciones de trabajo en las que se encontraba en aquél fatídico día, también quiero comentarla en esta entrada…

 

Julio Anguita Parrado o Julio A. Parrado, como solía firmar sus crónicas, nació en Córdoba un 3 de enero de 1971. Hijo del político Julio Anguita González y de la que fuera teniente de alcalde del Ayuntamiento de Córdoba, Antonia Parrado Rojas, siempre tuvo claro que quería ser periodista, por lo que se trasladó a Madrid para estudiar Periodismo en la Universidad Complutense.

Se inició en la profesión en el verano de 1990, tanto en Canal Sur como en el Diario de Córdoba, donde publicó su primer reportaje en agosto del mismo año. Trabajó en ese periódico hasta 1993 año en que obtiene una plaza en la sección Internacional de El Mundo, y para quien se desplazó a Argelia, el Sáhara, Bosnia y Filipinas. No contento con eso, pidió la excedencia para marcharse a Nueva York, donde siempre había soñado vivir. Desde allí siguió colaborando con El Mundo como ayudante de corresponsal, y aprovechó para estudiar un máster de información financiera y colaborar con el portal latino . Entre 1997 y 1999 también colabora con el canal informativo mexicano Conexión Financiera y escribe para la revista Fortune. Entre 2000 y 2003 colabora ocasionalmente con diversas radios y televisiones, pero la experiencia que más le marcó fue ser testigo directo y cubrir desde Nueva York los atentados contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre del 2001. De hecho, fue el primero en informarle a El Mundo de lo sucedido.

Poco después, su afán por desplazarse al lugar de los hechos, le llevó a prepararse intensamente para informar de la Guerra de Iraq in situ. Para ello, se alistó en un curso de entrenamiento ofrecido por el Pentágono para corresponsales de guerra. Acabó consiguiendo una plaza como ‘empotrado’, y desde el 21 de marzo de 2003 cubrió la guerra con la Tercera División de Infantería del Ejército estadounidense. Se preparó intensamente para informar de la Guerra de Irak, alistándose en un curso de entrenamiento para corresponsales de guerra organizado por el Pentágono. Desde el 21 de marzo de 2003 cubrió la guerra con la Tercera División de Infantería estadounidense.

El 7 de abril, ya en Bagdad, le alcanzó un misil ocasionándole la muerte. Su amigo Mayor Michael Weber, relató así las circunstancias de la muerte del primero periodista español en la guerra de Iraq: “Fue un misil iraquí. Golpeó nuestras posiciones desde el noroeste. Yo creí al principio que se trataba de un avión en vuelo rasante…Estaba montando el hospital de campaña a algo más de 200 metros del Centro de Comunicaciones cuando escuché el silbido, y después la explosión que reventó el edificio…Julio murió en el acto”.

Fue enterrado en su ciudad natal el 16 de abril bajo una fuerte polémica relacionada con la situación laboral en la que se encontraba Julio en el momento de su muerte.

Ética, honestidad, brillantez, constancia, capacidad de comunicación, olfato para la noticia, versatilidad, tenacidad, sentido de la amistad. Todos esos conceptos los han manifestado varios amigos y compañeros sobre Julio Anguita. Y es que sus textos nos permiten entrar en contacto con la autenticidad y la veracidad, buscando ser siempre primera fuente de información, siendo la honestidad su principio básico a la hora de ejercer la profesión de periodista.

En homenaje al fallecido Julio, encontramos el libro BATALLA SIN MEDALLA, una edición de Albertini, Fresneda y Alonso, y donde se recogen los mejores textos de Julio Anguita, así como las semblanzas de familiares, colegas y amigos, lo que nos ayuda a tejer minuciosamente la personalidad de nuestro protagonista, Julio Anguita Parrado. Un libro imprescindible de leer si se quiere conocer con profundidad uno de los mejores periodistas de la última generación. El profesor Agustín García Matilla, profesor de Julio en la Facultad de Ciencias de la información de la Universidad Complutense de Madrid, escribe sobre el citado libro lo siguiente: “Desde las entrevistas iniciales de Ana Fernández a la familia Anguita Parrado, mechadas de reflexiones, de recuerdos de Julio, de pinceladas que son en sí mismas imágenes fractales de retratos completos de esas personas decisivas en la vida de Julio: Antonia Parrado, la madre, sigue siendo una preciosísima “Pietá” laica y sigue acogiendo a Julio en su regazo con una mirada luminosa, generosa y espléndida; Julio Anguita, el padre, que sin duda influyó en la permanente actitud de autoexigencia de su hijo mayor. Un hijo que evitaba su primer apellido y firmaba A. Parrado para ser él mismo y, probablemente, para que nadie pensara que podía beneficiarse de la condición de ser hijo de un político con influencia. Un padre, un maestro y, ahora alumno, que no muestra rubor al aceptar que “mi hijo ha marcado para mí un camino”; Ana Anguita Parrado, en sus propias palabras “huérfana” de su hermano pero siempre candela encendida, llena de amor, ternura y esperanza; su hermano Juan, identificado para siempre con las utopías compartidas con Julio y, siempre presente; el abuelo Juan Parrado, referente imprescindible para toda la familia, memoria viva de todos los valores, de todos los principios…y siempre sus colegas y amigos y siempre sus ciudades: Córdoba y Nueva York, Nueva York y Córdoba y de paso Madrid y otros muchos lugares que supo hacer también suyos.”

El libro habla de una vida vivida con plenitud, una vida que nunca podrá ser presentada como una vida truncada a los 32 años. Julio Anguita Parrado quiso ser responsable de todos los actos de su vida. Una vida llena de concesiones, a la vida misma, a la amistad, a la solidaridad y a la tolerancia. Una vida, por otra parte, sin concesión alguna a la búsqueda del triunfo fácil, sin concesión a la mediocridad, a la falta de pasión, a la ausencia de generosidad o de compromiso con la amistad.

Julio es y será siempre un referente de esa primera generación de españoles que vivieron la mayor parte de su infancia y su juventud en democracia. Julio forma parte de esa generación que, casi de puntillas, ha decidido gritar un no inmenso a la guerra, que ha decidido refrescar esa memoria histórica. Julio representa a todos aquellos defensores de viejos ideales que participaron en continuas batallas sin medalla y que fueron capaces de soñar las más bellas utopías para ese otro mundo posible.

Su amiga y compañera en El Mundo Ana Bueno, recuerda “Contaba la guerra como si hubiera vivido ya unas cuantas. Con la misma naturalidad con la que te hablaba de sus vacaciones en los Caños, el último concierto de “flamenquito”, o sus visitas al gimnasio… Ni siquiera parecía ser consciente desde el frente de que era para nosotros la auténtica voz de la guerra. Como Mónica G. Prieto desde Bagdad. Las voces verdaderas de la guerra en las páginas de El Mundo, la voz de los hechos y los horrores, las victorias y las derrotas en directo en El mundo.es (…) Llamaba cada día, cada hora si hacía falta, relataba con el máximo detalle las operaciones en curso, apuntaba las tácticas siguientes y siempre encontraba momento para la distensión”.

Según Ana Bueno, “lo escuchabas y lo imaginabas allí, entre tanto soldado caqui, con su acento cordobés ya casi neoyorquino, y su vitalidad, su alegría, su sensatez… Su tono, más acelerado de lo normal en estos días, sólo se interrumpía por impresionantes silencios que permitían escuchar al otro lado del teléfono el sonido de los misiles que caían a unos metros. Hoy muchos recordábamos en la redacción cuánto nos extrañaba ver la firma de JulioA. Parrado en los primeros días de la guerra. Un asombro que se nos curó cuando empezamos a leer su crónicas, vivas, humanas y fieles. En la guerra, como en Nueva York, como en Madrid, como en Córdoba, encontró el sitio a su medida. A la medida de la excelente persona que era. Viajaba con la Tercera División, pero en un lugar muy especial: junto al equipo médico del hospital de campaña.

Desde Iraq, Julio se preocupó porque llegaran los correos que los soldados estadounidenses escribían a sus familias.”

Julio solía contar cómo las tropas estadounidenses, muy bien equipadas y entrenadas, tenían sin embargo una enorme inexperiencia que les hacía cometer continuos y mortales errores.

Julio como "empotrado" poco antes de morir

Esta es la crónica publicada en El Mundo al día siguiente de la muerte de Julio:

8 de abril del 2003

LOS HECHOS

Julio A. Parrado muere víctima de un misil al sur de Bagdad

El campamento de la 3ª División de Infantería al sur de Bagdad tras la explosión. (Ben Jhonson/ benthere.com)

Se encontraba en un centro de comunicaciones del Ejército de EEUU contra el que se produjo el ataque / El cohete, que mató a otro periodista y a dos soldados y destruyó 17 vehículos, pudo ser disparado desde el pueblo de Hilla / Su padre, Julio Anguita, declaró tras conocer la noticia: «Mi hijo me dijo que quería estar en primera línea; ha cumplido con su deber»

«¡Acabamos de perder a dos reporteros!». La frase con que Julio A. Parrado iniciaba una de sus crónicas hace apenas dos meses, cuando terminó su curso de corresponsal de guerra en Quantico (Virgina, EEUU), se hizo abruptamente realidad en la tarde del 7 de abril de 2003. El enviado de EL MUNDO y un reportero del semanario alemán Focus fallecieron cuando un cohete estalló en medio del centro de operaciones tácticas de la 2ª Brigada de la Tercera División de Infantería de EEUU, situado en la retaguardia de esa unidad.

Junto a los periodistas murieron dos soldados estadounidenses y otros 15 resultaron heridos. También fueron destruidos 17 vehículos militares. Fuentes del Pentágono afirman que se trató de un cohete tierra-tierra iraquí que alcanzó por la espalda a las tropas estadounidenses cuando éstas se hallaban comprometidas en una incursión hacia Bagdad.

Julio Anguita Parrado, de 32 años, era hijo del ex coordinador general de Izquierda Unida, Julio Anguita, y de Antonia Parrado, teniente de alcalde de esa misma formación política en el Ayuntamiento de Córdoba.

Anguita estaba vinculado a EL MUNDO desde 1993, año en que ingresó como alumno en prácticas, y actualmente trabajaba como corresponsal en Nueva York. En esa ciudad fue testigo del atentado del 11 de septiembre de 2001 y se especializó en información económica.

El reportero de la revista Focus fallecido fue identificado como Christian Liebig, de 35 años. El Pentágono no facilitó la identidad de los militares estadounidenses muertos.

Nada hacía presagiar la tragedia que se abatió el 7 de abril sobre el centro de operaciones de la 2ª Brigada. El agresivo reconocimiento realizado por unidades de marines y de la Tercera División de Infantería en Bagdad esa fatídica mañana estaba terminando cuando se produjo la explosión que devastó el cerebro y el corazón de la unidad.

Harald Henden, fotógrafo del periódico noruego Verdens Gang de Oslo, relató las circunstancias que rodearon la muerte de Julio A. Parrado: «La noche anterior, nos invitaron a asistir a la incursión. Tuvimos la libertad de decidir y Julio y el reportero alemán prefirieron quedarse. Nos habían advertido de que el ataque sería muy duro. Nos metieron en un blindado y recibimos mucho fuego, pero volvimos sanos y salvos. Cuando estábamos en Bagdad llegó la noticia de que había caído un cohete en el cuartel general y habían muerto dos periodistas. Nos imaginamos que eran ellos. Es increíble que en el lugar más seguro les haya pasado esto».

Julio telefoneó tres veces en la mañana a la Redacción de EL MUNDO. Era consciente de que la incursión de la Tercera División contra Bagdad era la gran noticia del día. Pero revestía cierto peligro. El domingo habló con Roberto Montoya, uno de los jefes de Internacional, y con Iñaki Gil, director adjunto de Información del diario, para informarles de que le habían invitado a tomar parte en ella. «Le advirtieron de que iba a ser muy peligroso», cuenta Gil. «Y le dijeron que, eventualmente, podrían quedarse en Bagdad. El deseaba ir, pero los militares estadounidenses le señalaron que su chaleco antibalas no era apto porque carecía de placas de protección. Así que prometió enviar una crónica contando los detalles de hoy y me pidió que avisara a la Redacción de Internet de que algo gordo iba a ocurrir al amanecer».

Becario en Internacional

El día de su muerte, Julio consiguió telefonear a las 06.30, a las 07.30 y a las 08.30 horas a la redacción de Elmundo.es. Habló primero con la redactora Yaiza Perera, después con Ana Bueno y, por último, con el responsable de Información de Internet, Borja Echevarría. «Nos confirmó -relata Echevarría- el ataque de la mañana y nos dijo que él había pensando ir, pero que cuando estaba a punto de marcharse llegaron varios heridos del frente, alcanzados en un ataque de mortero. Ahí le volvieron a recordar que su chaleco no era el adecuado. Así que él mismo nos dijo que había hecho bien en no ir».

Julio Anguita Parrado nació en Córdoba en 1971. Estudió periodismo en la Universidad Complutense de Madrid y se incorporó como becario a la sección de Internacional de EL MUNDO en el verano de 1993.

Atrapado por el prurito de no verse favorecido por el cargo que ocupaba su padre como coordinador general de Izquierda Unida, se negaba a firmar con su nombre completo y prefería utilizar el apellido materno. Quienes compartieron con él aquel verano recuerdan que, pese a ocultar su identidad, afrontó con gran espíritu su condición. Marta Anson, hija del periodista monárquico Luis María Anson, que también realizaba prácticas ese verano en EL MUNDO recuerda: «Hubo una controversia en la Redacción ese verano sobre si la monarquía debía pronunciarse sobre tal o cual asunto. Y resultó que Julio Anguita defendía la monarquía y yo me mostraba más crítica. La gente se reía y decía que nos habíamos intercambiado».

La quinta de Julio ha tenido un destino trágico. Su compañera de prácticas en la sección de Internacional, Belén Reyes Guitián, quien también se convirtió en redactora de EL MUNDO, falleció en accidente de tráfico hace dos años.

En el verano de 1996, Anguita partió a Estados Unidos, donde ejerció como corresponsal de este periódico. También colaboró en diversas publicaciones económicas, entre ellas la edición para América Latina de la revista Fortune.

Julio Anguita Parrado fue el segundo periodista de EL MUNDO en morir en acto de servicio en 15 meses. El 19 de noviembre de 2001, Julio Fuentes Serrano fue asesinado por guerrilleros talibanes cuando cubría el conflicto en Afganistán.

El teniente coronel Peter Bayer, jefe de operaciones de la Tercera División de Infantería, informó de que no está claro el tipo de armamento que se utilizó en el ataque en el que falleció Anguita, aunque Irak cuenta con una gran variedad de misiles.

La semana anterior, tres misiles tierra-tierra de fabricación soviética, conocidos con el nombre en clave de Frog, fueron disparados contra la 1ª Brigada de la Tercera División sin causar bajas cuando ésta se hallaba a las alturas de la ciudad de Nayaf.

Bayer dijo que según las primeras investigaciones, el cohete pudo ser disparado desde la ciudad de Hilla, la cual estaba rodeada por las fuerzas estadounidenses. Esta localidad había quedado a unos 40 ó 50 kilómetros por detrás de la Tercera División, cuya vanguardia se hallaba desplegada en los alrededores de la capital iraquí.

Según el testimonio de Bayer, la explosión dejó un cráter «de considerables proporciones». El centro de operaciones táctico es un puesto de mando móvil que coordina todos los aspectos de las operaciones militares, desde sus planes de ataque hasta sus suministros.

Fuentes militares comentaron que la destrucción del centro podría entorpecer las operaciones de toda la brigada. Ayer no estaba claro si el proyectil que destruyó la unidad era un misil guiado o si se trataba de un impacto casual.

El fallecimiento del periodista español se confirmó oficialmente sobre las 19.30 horas del lunes 7 de abril. El director de EL MUNDO, Pedro J. Ramírez, anunció la noticia a todo el personal, reunido en la planta de Redacción, a las 19.45 horas. «Es lo peor que nos podía pasar», dijo Ramírez. «Nos matan a un periodista porque decide ir de un sitio a otro (Fuentes). Y ahora nos matan a otro que por prudencia decide quedarse… Ya lo único que podemos hacer es contarlo».

Ramírez dijo que deseaba recordar la ilusión que brillaba en los ojos de Julio cuando partió a la guerra y buscar consuelo en el hecho de que murió haciendo lo que más le gustaba.

Batallón ‘Med-evac’

Tras finalizar su curso de corresponsal de guerra con el Pentágono, Julio fue integrado en la 2ª Brigada de la Tercera División de Infantería (Mecanizada). Desde la madrugada del 22 de marzo en que entró en territorio iraquí, se hallaba encuadrado en el batallón de Med-evac (Medical Evacuation, rescate médico) lo que le permitió ser testigo de la crudeza de la guerra y de su rostro más duro: el de las personas heridas y mutiladas.

Nada más comenzar las operaciones tuvo una gran bronca con los jefes de prensa de su unidad porque le impedían utilizar su teléfono móvil Thuraya, ya que los estadounidenses sospechaban que el consorcio árabe que es propietario de esa compañía podía facilitar las coordenadas de sus móviles al enemigo. El mando militar de EEUU prohibió la utilización de todos los Thuraya en el frente de combate. Para resolver este inconveniente Julio había formado equipo con el reportero alemán y utilizaba su teléfono portátil.

Era tal la humanidad de Julio que incluso en medio de una guerra ya se había convertido en un personaje popular de la brigada. Pese a las penurias («Estoy feliz, hoy he podido ducharme», le confesó por la mañana a Borja Echevarría) y a la tragedia cotidiana de la guerra, tenía tiempo para ir recolectando los mensajes que los soldados desconocidos querían hacer llegar por correo electrónico a sus familiares. Casi todos los días desde que comenzó la guerra, uno podía encontrarse en el sistema de teletipos de EL MUNDO un mensaje de Julio pidiendo que reenviaran a sus destinatarios en EEUU los mensajes que él había apuntado a mano -muchas veces dictados de viva voz por soldados que marchaban al frente- y que él convertía en correos electrónicos.

Amanda Frietch recibió uno de su padre tres días antes de la muerte de Julio y, agradecida, respondió sin saber lo ocurrido: «Sólo quiero decirles ¡gracias! por enviarme estos mensajes de mi papá… muchas, muchas gracias por toda vuestra ayuda».

Pese a este último artículo, donde El Mundo muestra su dolor por la muerte de Julio Anguita, se iban fomentando fuertes discusiones por la situación laboral en la que se encontraba Julio A. mientras ejercía de corresponsal en Iraq. Ya durante su entierro se escucharon gritos de protesta contra el representante de El Mundo. De hecho, Pedro J. Ramírez, el director del periódico, no asistió ya que un grupo de periodistas cordobeses había mostrado su desacuerdo con la presencia de éste.

 POLÉMICA POSTMORTEM

Las muertes de los periodistas Julio Anguita Parrado y José Couso en Iraq, provocaron una fuerte crispación entre las principales empresas periodísticas: El Correo, Prisa y El Mundo.

Grupo Correo y Prisa responsabilizan a Pedro J. Ramírez de la precariedad que sufría desde hace años Julio Anguita Parrado, y el director de El Mundo se defiende acusando a ambos grupos de utilizar datos falsos para atacarle.

Mercedes Gallego, amiga y corresponsal de El Correo, que también había obtenido una plaza en primera línea de fuego, hizo difundir un texto por la agencia Colpisa (perteneciente al Grupo Correo), el 8 de abril de 2003. En él, recordaba las palabras de su amigo Julio A. como última voluntad: “Les he dicho a todos que si me muero, no dejen que Pedro J. venga a mi entierro y se cuelgue medallas a cota mía”. Mercedes aseguró que “El Mundo le había dado pocas satisfacciones recientes. La presencia de la hija de Pedro J. Ramírez y su novio en Nueva York le hacía temer por su puesto de trabajo […] Julio consideró una traición que Carlos” [Fresneda, corresponsal jefe del periódico en Nueva York] “le sustituyese temporalmente con la pareja que amenazaba su puesto, mientras se iba a Iraq.” También afirma que antes de viajar a tierras iraquíes Anguita pasó por España para ver a su familia y amigos, apostillando: “a quien le costó trabajo ver fue a Pedro J. Ramírez, que sólo le dedicó unos minutos. Fue para negarle en redondo que fuese a darle la plaza de plantilla en Nueva York por la que había estado luchando durante tantos años”.

Sin embargo, estas dos alusiones directas a Ramírez fueron recortadas en una nueva versión con la que dos horas y media después de ser difundidas por lo que la agencia Colpisa sustituía la crónica inicial. De esta manera, la versión que publicaban al día siguiente los diarios del grupo (ABC y El Correo principalmente), no tenía alusiones directas a Pedro J. Ramírez.

Fuentes cercanas a El Correo aseguraron que, en la carta de pésame que el grupo vasco envió a Ramírez por la muerte de su empleado, “le ofreció al director la posibilidad de completar su cobertura de la guerra con las crónicas de Mercedes Gallego”. Pero la aceptación inicial de esta oferta se tornó en ira cuando Ramírez comprobó el contenido de la primera de las crónicas, a lo que siguieron amenazas al director del diario El Correo, Ángel Arnedo, para que no la hiciese pública: “Al no aceptar éste las presiones, Pedro J. se dirigió a los altos cargos del grupo con la amenaza de tomar la publicación de la crónica como un ataque empresarial que iniciaría una guerra mediática entre ambos grupos.”

La discusión mediática que se originó por la precaria situación laboral de Julio generó un cruce de acusaciones entre El Grupo Prisa, tradicional adversario de El Mundo, y El Grupo Correo, cuyo máximo responsable, José María Bergareche, se ha caracterizado siempre por mantener una estrategia empresarial cordial con sus competidores. Éstos acusaron a El Mundo de diversas imputaciones a través de articulistas de medios como El País, ABC, El Correo Español o Telecinco. Rápidamente, el director de El Mundo, Pedro J. Ramírez reaccionó con dureza al ataque, acusando a sus competidores de falta de ética periodística y de utilizar datos falsos para intentar desprestigiarle.

El miércoles 16 de abril se celebra finalmente el funeral de Parrado sin la presencia de Pedro J. Ramírez ni de ningún otro miembro de la dirección de El Mundo, aunque sí asisten algunos compañeros de la víctima en la redacción. Supuestamente su ausencia se debió a la petición explícita de los colegas periodistas de Julio.

Durante esos días de polémica, un amigo y compañero suyo en Nueva York intentaba aclarar el por qué Julio tuvo un mal presentimiento antes de Iraq y que le llevó a decir que si moría, no fuese Pedro J. Ramírez. A continuación, copiamos literalmente la declaración:

“Yo sé por qué Julio Anguita Parrado no quería que Pedro J. Ramírez asistiera a su entierro. Te lo explico e indirectamente desentierro un antiguo debate que mantuve.

Días antes de marchar a Kuwait, donde se uniría al ejército norteamericano, Julio viajó a Madrid para arreglar papeles y gestionar un seguro de guerra con su diario. Hoy a través de personas próximas a él supe que esas negociaciones con El Mundo no habían ido bien. El periódico no quiso pagar ese seguro. Y luego descubrí más.

Duele al leer en El Mundo que había trabajado durante diez años en la empresa y que era corresponsal en Nueva York. El Mundo lo tenía en excedencia para pagarle en bruto, y su estabilidad laboral era más bien su inestabilidad laboral. De hecho Julio quería volver a Europa, pues desde hacía ya mucho tiempo se rumoreaba que su plaza en Nueva York estaba adjudicada a la hija de Pedrojota. Un poco más tarde otro amigo de Julio con experiencia como corresponsal de guerra me explica que los seguros para este tipo de conflictos sólo se consiguen con un contrato de trabajo de por medio, algo que Julio no tenía con El Mundo. También nos cuenta que Julio lo llamó para asesorarse sobre qué chaleco antibalas debía comprar, pues el diario no se lo iba a facilitar. Este colega le aconsejó el mejor, uno con placas de cerámica, “porque con estas cosas no se juega”, le dijo. En la tienda a la que había ido Julio no tenían ese chaleco, y además resulta muy caro. Quizás por ese motivo, compró uno de calidad inferior. Precisamente el día de su muerte no pudo avanzar con las tropas porque no se lo permitieron debido al chaleco que llevaba. Los norteamericanos le dijeron que no era el reglamentario y no podían garantizar su seguridad. La fatalidad quiso que el lugar atacado fuera el centro de comunicaciones donde se quedó por precaución.

La otra periodista española que acompaña a las tropas, y a la que podéis leer en La Voz, llamó a algunos de sus compañeros en Nueva York y les dijo que Julio tenía un mal presentimiento y que le había pedido que si pasaba algo hiciéramos saber por qué no quería que Pedrojota asistiera a su entierro y el motivo de esa negativa.

Quizás Julio se aventuró demasiado para conseguir su ilusión de ser corresponsal de guerra, y descuidó tanto su seguridad personal al no llevar un chaleco adecuado, como sus condiciones laborales, al aceptar trabajar en unas condiciones de alta peligrosidad sin el apoyo necesario por parte de su medio de comunicación. Pero ello no quita culpa al medio en cuestión, que vende el ejemplar de hoy a costa de una persona a la que había puteado durante mucho tiempo.

No leáis esto como una simple acusación a El Mundo; sólo quiero señalar con el dedo a todas las empresas -de todo tipo, no sólo medios de comunicación, por supuesto- que ahorran unas pesetas e incluso sacan cazo gracias a las numerosas trampas que se pueden hacer a la legalidad en materia laboral: ETT´s, contratos basura, etc etc.”

 

Carlos Fresneda, con quien compartiera Julio una larga temporada profesional en Nueva York y que se vio forjada en una intensa amistad, escribió tras su muerte este emotivo texto.

OBITUARIO: De Córdoba al Village en busca de una vocación

Nieva en Nueva York, Julio. Nieva sobre todos nosotros, los que no fuimos capaces de convencerte para que te quedaras en la retaguardia y te alejaras de esta guerra absurda e innecesaria. Me siento culpable, terriblemente culpable, por no haber impedido que te fueras. En mi mano estuvo. Demasiado tarde.

Miro a la ventana y trato de imaginarte en tu piso-oficina del Village, como cualquier otro día antes de que empezara esta locura. Hablaríamos a eso de las ocho, nos repartiríamos el trabajo, me animarías el día con tus chascarrillos de Córdoba o con la resaca neoyorquina. Hacíamos buen equipo, tú lo sabes. No sé si voy a ser capaz de seguir adelante… Aún no le he contado la noticia a mis hijos, Miguel y Alberto. Te querían como si fueras su tío. Te estamparon dos sonoros besos el último día, cuando venías de comprar el equipo para marcharte a la guerra. Alguna vez me preguntaron por ti; les dije que estabas lejos y un día les enseñé tu foto en el periódico.

Sentía por ti un orgullo de hermano mayor y me alegraba enormemente de tus éxitos profesionales. Me gustaba tu espíritu crítico y a ratos irreverente, y tu capacidad para percibir detalles que otros no veían. Nos juntábamos a veces en el parque o cenando en Patsy’s para buscarle cinco pies a todo lo que estaba ocurriendo. Y siempre me sorprendía.

Te felicité efusivamente por tus primeras crónicas durante el 11-S y casi lloré de emoción leyendo aquella carta a Nueva York que bordaste un año más tarde. Te vi madurar increíblemente, como periodista y como persona. La guerra, eso pensabas, era quizá la oportunidad para demostrar lo que podías dar de ti. Se te veía preocupado pero ilusionado. Temías que la competencia consiguiera un puesto en el frente y era nuestro deber luchar. Te metiste en un cursillo de preparación y volviste con energías.

Estuviste en un tris de claudicar, pero un lunes te marchaste a Washington, «a ver a una colega en el Pentágono», y volviste como quien dice con el billete bajo el brazo. La indecisión te duró una noche. Al día siguiente ya tenías listo el petate.

Estábamos ya metidos en la vorágine prebélica, y no nos dio tiempo ni para quedar en Patsy’s. Tengo una imagen muy fugaz de cuando viniste a despedirte a casa. Desapareciste en un abrir y cerrar de ojos, como otras veces. Ahora me arrepiento de no haber sacado tiempo para ayudarte a calibrar la decisión más crucial de tu vida.

Se supone que a estas alturas tengo que hacer balance de tu vida, pero no creo que haga falta contar más de lo esencial. Que naciste en Córdoba, que amabas Nueva York, que tenías incontables amigos aquí y allá, que te hacías querer como si fueses un hermano, que nunca -ni en los últimos días allí en el frente- perdiste tu jovialidad.

Recuerdo vagamente el día, cuando aún trabajabas en la redacción de Madrid, en que me comentaste tu idea de saltar el charco. Te animé en el acto. Aquí había trabajo de sobra para dos y estabas en la mejor edad, veintitantos, para comerte en su jugo la ciudad.

No tardaste en hacerte neoyorquino como el que más. Te instalaste en Grove Street y pronto te hiciste popular en la comunidad hispanohablante. Tenías sed de vida y no te diste por satisfecho escribiendo en el periódico. Te metiste en un máster de información económica, pasaste un tiempo por http://www.starmedia.com. Te hiciste en tiempo récord con todos los entresijos de Nueva York y te acabaste convirtiendo en mi otra mitad.

Me sentí desgajado cuando te fuiste a la guerra, pero el dolor fue remitiendo cuando te vi día tras día en primera y palpité con tus crónicas y cuando en el periódico se deshacían en halagos hacia tu labor y ya soñaban con verte abrazado a Mónica en Bagdad, punto final a esta maldita guerra.

El periódico fue nuestro enlace desde que empezaron las bombas, pero a veces conseguiste conectar conmigo. Hablamos la semana pasada y te noté sereno y seguro. Un par de días después sé que viste explotar un tanque a decenas de metros y entonces me empecé a preocupar seriamente.

(Lo supe por Idoya, tu entrañable amiga, que fue también la última en hablar contigo).

Me diste varias veces unos cuantos teléfonos y una lista de nombres en Estados Unidos. «¿Te importa llamar y decirles que sus hijos están bien?». Tus deseos fueron órdenes, y hablé con Deborah y Bonita, y les dije que William, Breeze y Sacha estaban perfectamente, a unas 30 millas de Bagdad.

Al cabo de media hora me llamó la madre de Breeze y me dio eternamente gracias por darle noticias de su hija y lloró desesperada temiendo que la Tercera División de Infantería se estaba metiendo en lo peor de lo peor.

Tú nunca me transmitiste esa sensación, salvo una vez, en plena pausa operativa, cuando os sentíais perdidos en el desierto y temíais una emboscada en cualquier momento. «Hacemos piña: es la única manera de soportar esto», me confesaste. Te entendí perfectamente y te felicité por tus crónicas. Y creo que te animé para que fueras pensando en un libro a la vuelta. Se te oía muy nítidamente antes de que se levantara una de esas colosales tormentas de arena.

Nieva en Nueva York, Julio. Me llama Ricardo: que han dicho en la Fox que han matado a dos periodistas al sur de Bagdad y que parece que uno es español. Prefiero no alarmarme antes de tiempo, pero el teléfono empieza a sonar sospechosamente. En el Pentágono no saben/no contestan. En la Fox y en la CNN están a su guerra. Todo aquí te resulta tan inhumano y distante como el tratamiento que están dando a la masacre diaria.

No te lo vas a creer, Julio, pero de nuevo como telón de fondo me llega la crónica televisiva de la Fox, firmada por uno de tus colegas, relatando el paseo heroico de la Tercera División por las calles de Bagdad. «¡Trabajo espectacular!», oigo decir a mis espaldas. «Trabajo denigrante, infame, vil, asesino», replico para mí mismo.

Te queremos, Julio.

El Sindicato de Periodistas de Andalucía (SPA) hará entrega esta tarde del V Premio Internacional de Periodismo Julio Anguita Parrado, que se ha concedido al fotoperiodista Gervasio Sánchez. El acto tendrá lugar a las 19.30 horas, en el Salón de Mosaicos del Alcázar de los Reyes Cristianos (Córdoba)

Anuncios