Una parada en el camino

Una parada en el camino

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Amor en un taxi porteño

“La gorda siempre quiso ir a Europa” decía Mario Turano, o así pude leer que se llamaba en la placa de su licencia. La oscuridad se mezclaba con la lluvia en las lunas del auto. Sólo funcionaba uno de los limpiaparabrisas, Mario prefería manejar sin cinturón y había decorado su taxi con fotos de “la gorda” y de su hijo.

Las luces que se cruzaban a contramano me permitieron ver sus ojos. Eran chiquitos, no muy lindos, pero brillaban mucho. Podrían iluminar toda la avenida Santa Fe. Y si además hablaba de ella, una dulce humedad en sus retinas se confundía con los semáforos. “Le prometí a mi hijo que con la plata del juicio, recorreríamos España, Italia,… Uuuuh no sabés cuántas veces hablábamos de eso. Pero justo cayó enferma y una negligencia médica me la quitó. De un día para otro, ¿vos te imaginás lo que es eso? Entrar al living y que no esté, así, de a una… 40 años tenía la gorda. Mi hijo sale con los amigos, está de novio, la pasa bien. Pero yo la extraño cada día más”.

Apenas 25 pesos de carrera y ya supe de su dolor, ese que se clava en el alma y el tiempo no cura. Parecía que desde aquel 20 de marzo del 89 el tiempo no pasaba más para Mario. Se detuvo, le arrancaron su pedazo… “Al menos no ve lo que pasa en la Argentina. Esta Cristina nos está llevando para la mierda. Siempre discutíamos, ella me decía que el peronismo iba a traer malas consecuencias hasta para los nietos. Era más inteligente que yo, se recibió en abogacía; yo trabajé de periodista mucho tiempo pero me cagaba de hambre. Después compré este taxi y, la verdad, no me puedo quejar”. Asiente, mientras los dos observamos a esa gente que como soldaditos salen a la calle cuando se va el sol y buscan entre los tachos de basura algo que comer en el día. Es cierto, Mario no se queja porque eso ya lo hace medio país. Todas las mañanas tiene que cambiar su ruta porque las protestas cortan las calles de Buenos Aires: “¡Lo que se hubiese calentado la gorda en una de esta!”. Se ríe. Reconozco que me estremece cuando habla en pasado del amor de su vida.

Ella, Laura, se reencarnará en ese sueño europeo, en senderos de la Toscana visitando a los primos, en Madrid hay algún tío que aun vive: “nos escribimos cartas, al viejo le hace ilusión y eso que nunca nos vimos. Estuvimos a punto de viajar en el 2000 pero se vino el Corralito y nos cagaron. ¿Y los alemanes? Son tan bravos como dicen?”. Es momento de tirar de tópicos y de paso explicarle que los españoles trabajamos algo más relajados que los peones de Merkel. “Acá no importa nada, pero bueeee… Ya voy a ir a conocer”, me responde a modo de promesa. Sí, Mario se lo prometió, era el sueño de los dos y lo cumplirá. La llevará consigo, como me lleva a mí en su taxi.

No fueron 5 horas con Mario, apenas 20 minutos. Pero suficientes para no olvidar una mirada de amante ilusionado en unos ojos tan tristes. Antes de bajarme y pagar (por este orden), me advierte: “Tenga cuidado señorita, a los argentinos les gusta mucho las españolas pero acá por un celular te pueden matar”.

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‘¡PHOTO, PHOTO!’, por Alicia Moreno

Os invito a leer una interesante reflexión sobre el arte de fotografiar y una cuestión ética que sólo personas como Alicia Moreno saben inmortalizar. Esta vez lo hace desde el África Sub Sahariana y lo comparte aquí:

Al instante se forman en mi mente imágenes de fuerza comparable a los ritmos del Djembé: la luz infinita que todo lo abarca, la intensidad de los colores de los vestidos llevados por sus mujeres y los turbantes y “boubous” de los Tuareg, las eternas sonrisas de los niños y las miradas profundas de sus habitantes.

Viajo a África Sub Sahariana por primera vez y peco de inocencia… Viajo de nuevo con mi cámara fotográfica y llena de expectativas en cuanto al despliegue de mi pasión artística que trato de convertir en profesión y dispuesta a intentar materializar en forma de fotografía las imágenes preconcebidas antes y durante el viaje ¿Intentando emular en cierta forma el trabajo de lo que otros ya hicieron?

Imágenes cliché: mujeres aventando mijo o llevando sobre sus cabezas palancanas que contienen mil y un productos, misteriosos tuaregs cabalgando a los lomos de camellos sobre las dunas del desierto al atardecer, el amalgama de almas vagando y rebuscando en los coloridos y bulliciosos mercados malienses. Las quiero todas.
Pero en África, uno tiene que llegar con la mente muy abierta y no esperar demasiadas recompensas si se viaja con ideas preconcebidas. Es mejor desterrarlas todas.

He sido testigo de las dificultades sobre el terreno al intentar fotografiar, tanto durante el festival en el desierto del Sáhara como en el resto del territorio.

Y en numerosas ocasiones me he topado con la misma situación. La población de la calle es, en general, reacia a las cámaras fotográficas y de vídeo. Y digo en general, siendo consciente de que su aversión viene producida por numerosos factores de diversa índole. Resulta difícil desenvainar el “arma” de la controversia sin que a uno le pidan “dinero a cambio de mi retrato”.Si se quiere fotografiar al tuareg de turno o a la anciana de arrugas arcaicas vendiendo extrañas mercancías en el mercado, uno obtendrá una reprimenda del sujeto si osa robar la fotografía e irse sin pagar sin más. Y la mayor parte de las veces les doy la razón. Tengo por norma, pedir permiso a la persona que quiero fotografiar, crear un vínculo y entablar un ambiente de confianza entre mi sujeto y yo, desde una posición de respeto. Interactuar, intercambiar, profundizar. optimizar estos, a menudo, breves encuentros e intentar plasmar la esencia que aquella persona me ha transmitido. No poseo la rapidez de muchos fotógrafos a la hora de disparar sin ser visto. De “robarles” la imagen. Actuar como un carterista. Entro en una posición de bloqueo, éticamente no lo concibo. Si bien es cierto, que en determinadas ocasiones, esta es una virtud a poseer cuando se quieren captar instantáneas en las que sabemos que si pedimos permiso con antelación, el sujeto sabrá que le estás apuntando y cambiará radicalmente de actitud, perdiendo ese instante preciado que sólo el ojo del fotógrafo ve. Y es que cualquier profesional de la imagen desearía en cantidad de ocasiones ser totalmente invisible.

La expansión de la actividad turística a nivel mundial junto con el abaratamiento de la industria fotográfica de la era digital está dando lugar a una mercantilización de lo que el turista cree como “lo auténtico” o “lo típico” y en fotografía “lo natural” del lugar que visitamos. Y por ende, de sus habitantes. Viajamos y volvemos a casa cargados con millares de fotografías, de las que la mayoría tan siquiera nos molestamos en mirar. Observo, a veces, con frustración, estos turistas-fotógrafos o fotógrafos-turistas disparando indiscriminadamente a todo lo que es objeto de su atención. Observo, aún con más frustración, la actitud del sujeto ante este fenómeno. En África el ingenio es oro, cada fotografía tiene su precio “Si tu ne paies pas, dégage, va t’en”. 

Jóven integrante del grupo tradicional Touareg “Tamnana”

Jóven integrante del grupo tradicional Touareg “Tamnana”

Tomo este retrato de esta joven tuareg procedente del grupo Tamnaná, sentada sobre las dunas detrás del escenario esperando el momento de actuar. Ella ya ha posado ante una mujer canadiense la cual no ha parado de fotografiar indiscriminadamente todos y cada uno de sus integrantes, los cuales llaman la atención a cualquier occidental que pasa por ahí. Llevan puestos sus mejores y fastuosos trajes para la ocasión que junto con la belleza de sus rostros les convierten en una maravilla visual Voilà! ¡La photo! Realmente, es de las peores fotografías que he podido tomar. La expresión de su rostro es de una frialdad que hiela. ¿Quizás ya fastidiada de que la asediemos con nuestras cámaras? Aún así, ella no pidió nada a cambio. No me sentí bien tomando esta imagen. Está tan estereotipada. No existe un vínculo entre ella y yo que pueda ser transmitido al espectador de la misma, más que frialdad. O quizás sí, el hastío.

Entramos en el País Dogón, tierra sagrada habitada por el fascinante y enigmático pueblo dogón y naturalmente delimitada por uno de los accidentes geográficos más salvajes del continente, la Falla de Bandiagara. Es aquí dónde empiezo a comprender los efectos de la llamada “aculturación”. Los dogones, pueblo animista del que se cree que huyó del oeste del país para evitar el Islam y que conserva intacto su complejo sistema de tradiciones, ritos y mitología desde hace siglos, sucumben a los estragos del turismo. Inútil transmitir la rítmica tan famosa con la que he fantaseado durante días. El proceso se repite y los dogones, celosos de su cultura no se dejarán “violar” tan fácilmente.

De nuevo mis inquietudes salen a flote y me es imposible fotografiar. Los pocas intentonas en acercarme a sus habitantes para mostrarles que soy una persona inocente que no viene a “prostituirles”, son en vano. Tarde o temprano el mercantilismo hará su aparición y si quiero fotografiar tendré que pagar con dinero. La poderosa danza tradicional de máscaras es el “servicio” más codiciado. ¿Dónde hallar la esencia de estas personas, aquello tan preciado que llamamos “naturalidad”, “lo auténtico”? ¿Cómo captarlo, plasmarlo y desarrollar tu trabajo? ¿Es la fotografía comprada una imagen contaminada que mina el valor de la cultura local al ser sustituida la realidad por manifestaciones pseudoteatrales? ¿Hasta que punto el fotógrafo traspasa el límite y atropella la dignidad del local? Depende del enfoque, la mirada, la intención del profesional y de la interpretación que dará el espectador. Tengo la certeza de que durante las cientos de bellas imágenes que extasían nuestros sentidos, sus autores no se han hecho estas preguntas.

Tras mi viaje, converso con el fotógrafo español Alexis de Vilar, gran conocedor de África y sus habitantes, pues durante décadas ha recorrido el continente madre y gran parte del mundo fotografiando culturas lejanas para salvar a estos pueblos mal llamados “primitivos” del avance de la sociedad industrial. Alexis me enseña la diferencia existencial entre el hecho de “abonar” justamente después de tomar la instantánea, lo que se consideraría como una prostitución, un exhibicionismo innecesario por parte del local y negociar mucho antes con el sujeto lo que él considera justo para involucrarse artísticamente en la fotografía.

Y ya que vamos a “representar” la realidad es ahora cuando entiendo la disimilitud entre presentar a los sujetos de mi fotografía desde un punto de vista exhibicionista y vulgar, como si se tratasen de animales de zoo, o de convertirles en los actores protagonistas de su propia realidad.

Aquella que quiero revitalizar, de mostrar la importancia de su propio mundo.

Ali Moreno

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Soñando Vida: Sahar Gul

La mirada perdida, y en lugar de brillo, sangre. La inocencia convertida en lo más perturbado y maltratado. Eso es la niña afgana de 15 años, Sahar Gul. Así que no me extraña que retire su mano cuando algún médico o responsable de los Derechos Humanos, pretende estrechársela. Ella no entiende de caricias, sólo de golpes. Tiene todo el cuerpo sellado hasta con heridas realizadas con alicates, sin uñas, y cuenta que su oscuro pelo fue arrancado brutalmente como símbolo de la humillación. Su tez racial ahora sólo es resto del purdah y la violencia llevada a límites que sobrepasan cuestiones culturales.

Sahar pasó demasiado tiempo encerrada en el cuarto de baño de un sótano, mientras sufría a diario las palizas y abusos de su marido y familia política. Simplemente porque se negó a prostituirse… Sahar no sabe lo que es caminar libre por Kabul mientras ella y sus amigas charlan de los sueños en Occidente. Tampoco sabe lo que es criarse en el seno de una familia que la quiere por encima de todas las cosas y obligada o no, la vendió al marido.

Desde entonces, la pequeña Sahar a veces prefiere morir. Pero sólo a veces. Ahora se debate entre la vida y la muerte en un hospital de Afganistán, cuentan que su suegro ha sido detenido, pero poco importa eso ahora… Sus gritos de dolor apenas se escuchan, y con un débil hilo de voz consigue pedir justicia ante las cámaras que esta semana grabaron la dantesca imagen de la niña al ser rescatada del infierno.

Estuvo atrapada, no sólo en un zulo, sino en un país entero. Pese a la caída del régimen talibán hace ya más de diez años, Afganistán sigue condenando a las mujeres a mirar a la pared cuando se cruzan con un hombre que no es pariente suyo, a que un chadari oculte casi la respiración y a que el apartheid se aplique en todos los ámbitos. La poligamia obliga a la esposa a servir al marido y depender de él el resto de sus vidas… Sin poder escapar. Porque escapar muchas veces supone morir, y aunque Sahar se imaginó muchas veces huyendo, moribunda, entre las dunas del desierto, de nada hubiese servido.

Ahora sueña con que algún día decorará sus bellos labios con rojo carmín, bailará canciones alegres, podrá abrir bien los ojos sin que la hinchazón lo impida y podrá amar su cuerpo como ama la libertad.