Una parada en el camino

Una parada en el camino

Carta en el Día Mundial Por la Libertad de Prensa

« CARTA DE UNA ASPIRANTE A REPORTERA POR EL MUNDO A UNA GRAN PERIODISTA, CARTA DE UNA AMIGA »

Querida amiga,

Ayer, día 3 de Mayo de 2015, se celebró el Día Mundial por la libertad de prensa. Una fecha, deseo y confío, presente en tu corazón y en el pensamiento del periodismo local e internacional. La libertad de expresión y de prensa, el pilar sobre el que se fundamenta tu profesión, tu modo de vida. Lamentablemente, en muchos países del mundo, los pilares sólidos son demolidos brutalmente en la práctica del periodismo y de la libertad de expresión.

Antes que nada, quiero felicitarte, amiga, por dar voz, ser el bolígrafo que escribe sobre aquellos y aquellas que tienen mucho que contar, experiencias que compartir con el mundo y no pueden, mientras otros y otras deben, pero callan. Ayer fue tu día.

Coincidiendo con esta fecha, la ONG internacional Reporteros sin Fronteras, celebró un acto en el Caixaforum de Madrid, poniendo el acento en la reivindicación para la liberación de periodistas encarcelados en todo el mundo, exigiendo libertad en el ejercicio de su profesión.

Tú no pudiste asistir, amiga, pero yo sí.

Por eso, hoy quiero ser tu voz para contarte lo que vi y experimenté, transmitirte testimonios de colegas que necesitan expresar, compartir, reivindicar, contar, ser la voz a su vez de otros que han sido callados violentamente.

Reporteros sin Fronteras, de la mano de su presidenta en España Malén Aznárez se arropó de grandes periodistas del panorama nacional de la talla de Mara Torres, presentadora de Informativos en La 2 RTVE y Javier del Pino, quienes condujeron el acto.

No estuvieron solos. Numerosos colegas de la profesión quisieron apoyar con su presencia el trabajo sin descanso de esta ONG, recordando los nombres e historias de aquellos compañeros presos por ejercer su oficio, « que sus casos no se desdibujen y que los barrotes no los condenen al silencio ».

Pero quizás los momentos más emotivos para la audiencia, o al menos para mi, fueron los compartidos por compañeros periodistas venidos desde fuera de nuestras fronteras: Ruanda y México, para dar testimonio de primera mano de las amenazas y los abusos cometidos en sus personas, por el simple hecho de hacer su trabajo.

Me estremezco al escuchar la voz calmada y pausada de Saidati Mukakibibi, periodista ruandesa y directora del periódico Mont Jali News, quien pasó 3 años en prisión, por escribir que hutus y tutsis son personas iguales. Saidati nos contó como tuvo que convivir con los asesinos de su familia en la misma celda, añadiendo aún más sufrimiento a su condena.

Me vuelvo a estremecer al escuchar la voz de Epiphanie Ndekerumukobwa, refugiada ruandesa en España, después de que el gobierno asesinara a su marido periodista Jean-Léonard Rugambage, delante de ella y de su hijo de 2 años, por una investigación que nada gustó al presidente del país, Paul Kagame.

Me estremezco otra vez al escuchar el testimonio de Balbina Flores, periodista y corresponsal de Reporteros sin Fronteras en México, amenazada de muerte por narcotraficantes, para quien su vida ha cambiado radicalmente al tener que hacer todos y cada uno de sus desplazamientos diarios con escoltas ante el temor de que un día la violencia se materialice en su persona.

Y ante estos testimonios desgarradores, reflexiono amiga, en tu « suerte », en nuestra posición acomodada en esta burbuja de aire de país donde residimos. Que aquí, en España, también se sufren numerosos ataques a la libertad de prensa. Pero por mucha Ley Mordaza, ruedas de prensas sin derecho a preguntas, censura en plena democracia y manipulación de la información en los múltiples casos de corrupción de nuestros gobernantes y sobre todo, la infravalorización de la profesión del periodista (no quiero ni mencionar la situación del fotorreporterismo), aquí amiga tienes « suerte », por el momento no pagarás con tu vida ni serás privada de tu libertad por informar.

Saidati, Epiphanie y Balbina pudieron estar aquí, con nosotros, para compartir su lucha por un periodismo libre y transparente y el derecho del pueblo a la información, derecho universal para el cambio, la denuncia de abusos y desarrollo de una sociedad. Sin embargo, 334 periodistas están encarcelados hoy en el mundo por informar y no pudieron estar con nosotros.

Entre ellos, sonaron los nombres del periodista mexicano indígena Pedro Canché, del sirio Mazen Darwish, el blogero iraní Raif Badawi, el periodista egipcio Mahmoud Abu Zied, el ruso Sergei Reznik o la boliviana amenazada de muerte Escarley Pacheco.

Todos ellos, cada una de sus historias, los motivos de su encarcelamiento tan difíciles de creer para esta sociedad del siglo XXI contadas a través de las voces de colegas españoles Nativel Preciado, Hilario Pino, Alicia Gómez Montano, Rafael Panadero o Lara López, sus padrinos y madrinas a nivel mundial a través de Reporteros sin Fronteras, quienes se ocupan de dar voz, de que su nombre no caiga en el olvido, de exigir a sus países la celebración de un proceso justo y de un juicio transparente, de que el mundo está con ellos. No están solos en su lucha. El mundo quiere información libre.

Acostumbrada a escuchar fugaz y frívolamente este tipo de historias en medios de comunicación, la realidad apabullante y violenta que parece lejana, de repende se presenta con nombre y apellidos a tan solo 3 metros de distancia entre mi y un escenario. La indiferencia es el peor de los terrorismos. No podemos no hacer nada.

Amiga, quiero acabar esta carta con las palabras de la gran cantante de Guinea Conakry Nakany Kanté, quien nos cantó « Saramaya » : éxito. Éxito en la energía positiva que generamos en nosotros mismos y compartimos con nuestros seres queridos en el camino hacia nuestros objetivos en la vida. Porque en un mundo en el que se pone trabas a la información, aún podemos comunicar con un lenguaje universal : la música.

Para más información sobre la labor de Reporteros sin Fronteras visita http://www.rsf-es.org.

El fútbol a Sol y Sombra, de Eduardo Galeano

Muchos son los escritores que han tratado el fútbol sin que eso suponga desmerecer su intelectualidad. Algunos creen que lo literario puede estar reñido con algo tan banal como el fútbol.  Pero al fin y al cabo, está presente en la vida de casi todos, queriendo o sin querer. Con más o menos pasión, incluso odiándolo, pero no se puede decir que el fútbol no forme parte de nuestro barrio, nuestro pueblo, nuestro país, nuestra sociedad y nuestro mundo. Hablar de ello no debilita al culto, sino que ayuda a entender esta sin razón, este sentido de pertenencia, los comportamientos que a veces adoptamos cuando el fútbol está de por medio. De hecho, Eduardo Galeano dijo en una entrevista: “Culto no es aquel que lee más libros. Culto es aquel que es capaz de escuchar al otro”. Y si escuchas al fútbol, escuchas al pueblo, Y el fútbol es el pueblo.

Que se lo digan a Uruguay, el país más pequeño en ganar un Mundial, ese paisito que a veces tiene al fútbol como sentido básico de existencia.

«Todos los uruguayos nacemos gritando gol y por eso hay tanto ruido en las maternidades, hay un estrépito tremendo. Yo quise ser jugador de fútbol como todos los niños uruguayos. Jugaba de ocho y me fue muy mal porque siempre fui un .pata dura. terrible. La pelota y yo nunca pudimos entendernos, fue un caso de amor no correspondido. También era un desastre en otro sentido: cuando los rivales hacían una linda jugada yo iba y los felicitaba, lo cual es un pecado imperdonable para las reglas del fútbol moderno.»

El fútbol a Sol y Sombra, Eduardo Galeano

El Fútbol a Sol y Sombra es una profunda denuncia sobre la situación en la que está el fútbol y a la que ha llevado el profesionalismo y el fútbol como una cuestión mercantil. Los futbolistas se presentan como siervos de este negocio. Porque Galeano seguía creyendo en el fútbol por el fútbol, donde prima la diversión más que el resultado, donde se apuesta por un juego ofensivo, lleno de gambetas, con atrevimiento, goles y alegría. Ahora es tan sólo “un certamen de velocidad y fuerza, que tiene por combustible el pánico a perder, un triste viaje del placer al deber”, donde queda mendigar “una linda jugadita, por amor de Dios”.

Dice que el fútbol a ha pasado de ser un juego a un espectáculo, y de ahí a un negocio, una industria. Como la industria de exportaciones de futbolistas. Hay una crítica y un anhelo constante al juego porque sí, pero aunque cueste, se reitera ápices de esperanza: “Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad”. Se vale de los Mundiales para hacer un repaso por la historia, con esa connotación intrínseca social y política que tiene el fútbol.

Aquí algunas de las atribuciones de Galeano a los conceptos más básicos del fútbol:

El futbolista: juega por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gana, más preso está. Entonces, ¿es ahora el futbolista preso de la pelota, como una cárcel de amor redonda?

El arquero es “un mártir, un penitente o payaso de bofetadas. Aguarda a solas entre los tres palos, su fusilamiento”

El ídolo: “La pelota lo busca, lo reconoce, lo necesita. En el pecho de su pie, ella descansa y se hamaca. Con él los nadie, los condenados, pueden sentirse algo. La estrella acaba su viaje en un apagón, y a veces cuando cae, el resto les devoramos los pedazos”.

El hincha: puede compartir eso de ‘somos los mejores’ de forma conjunta, hablar en plural, formar parte de un grupo. “Jugar sin hinchada es bailar sin música”. Alaba al hincha pero condena al fanático, al que define como el hincha en el manicomio.

El gol: es el orgasmo del fútbol. Y como el orgasmo, en esta vida moderna es cada vez menos frecuente.

El árbitro es el tirano y el verdugo. Ejecuta un poder absoluto con gestos de ópera. Es la coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias, los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuanto más lo odian, más lo necesitan.

Metáfora del fútbol con el teatro  y la guerra. El fútbol como una guerra danzada. Con hombres que son guerreros de un pueblo o nación que combaten con rivales, con estadios que son castillos, donde en lugar de bombardeos hay pelotazos y donde el área es la zona de peligro.

¿El opio de los pueblos? ¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies.

Realiza alusiones a los grandes nombres de la historia del fútbol, como Zamora, Samitier, La Máquina (la delantera de River Plate de principios de los 40, formada por Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau y que siempre idolatró el mismísimo Alfredo Di Stéfano….

La chilena: 1927 cuando el club Colo-Colo de Chile viajó a Europa y el delantero David Arellano la exhibió en los estadios de España. Los periodistas españoles bautizaron esa acrobacia como ‘la chilena’.

Las fuentes de las desgracias (Supersticiones) Ejemplos:

Bilardo, como DT de la Selección en el 86 y 90, no permitía a sus jugadores comieran carne de pollo, que les daba mala suerte.

Silvio Berlusconi: prohibió cantar himno del club porque provocaba ondas maléficas que paralizaban las piernas a los jugadores.

Freddy Rincón: en el Mundial del 94, un profeta de su tierra le dijo los resultados del torneo y se cumplieron, incluso le dijo que se rompería una pierna si no tenía mucho cuidado.

Talismanes y conjuros: cuenta que Pablo Hernández Coronado, cuando el Real Madrid amplió su cancha, pasó 6 años sin ganar la liga, hasta que un hincha enterró una cabeza de ajo en el centro del campo. Luis Suárez, del Barça, no creía en supersticiones pero sabía que iba a meter unos cuantos goles cada vez que se le derramaba el vino en la comida.

Maracanazo: De esa hazaña uruguaya destaca dos nombres: Obdulio y Barbosa.

Obdulio fue el autor del primer gol de Uruguay. Esa noche la pasó abrazando a los vencidos brasileños, de bar en bar, tomando cervezas, sin que nadie le reconociese. A la mañana siguiente en el aeropuerto, donde le esperaba la multitud, se disfrazó de Humphrey Bogart. La prima le dio para comprarse un Ford del año 31 que le robaron a la semana siguiente.

Barbosa: portero de Brasil. Nunca fue perdonado. En 1993 quiso ir a ver a los jugadores de Brasil a desearles suerte y las autoridades brasileños le impidieron la entrada. Vivía en casa de la hermana con una miserable pensión. “En Brasil la pena mayor por un crimen es de 30 año de cárcel. Hace 43 años que yo pago por un crimen que no cometí”.

Di Stéfano: “Todo el campo de juego cabía en sus zapatos. La cancha nacía en sus pies, y desde sus pies crecía”

Las lágrimas no vienen del pañuelo, es decir, que como ocurre con la religión, con la patria y con la política, muchos horrores se cometen en hombre del fútbol, como cuando en 1969 estalló la guerra entre Honduras y El Salvador. En las eliminatorias para el mundial del 70, hubo hasta muertos entre hinchas de esos dos países y la llamaron ‘la guerra del fútbol’.

Nada mejor que el Mundial del 2010 para epílogo de su obra. Cuando “ganó España gracias a un fútbol solidario, uno para todos, todos para uno, y por la asombrosa habilidad de ese pequeño mago llamado Andrés Iniesta”. Y era eso, el futbol solidario del que se enamoró Galeano cuando, siendo hincha de Nacional, aplaudía al jugador de Peñarol que se atrevía a amar desinteresadamente un balón.

 

El miedo y la casa del lago

He tardado en volver a escribir y no porque tuviese cosas mejores que hacer, sino todo lo contrario. Pero antes tenía que tomar la decisión más importante: hacerlo pensando en que nadie me iba a leer.

Tengo miedo, no a que me juzgues. Tengo miedo, por ejemplo, a no saber explicarte qué me atormenta. ¿Ves? Utilizo el yo yo yo y sin embargo aquí estás tú, estamos todos. Quizás lo único que nos diferencia es cuánto nos delimita. El que mejor midió el tiempo, el profanado Borges, decía que siempre nos encontramos en el medio, como esclavos, entre el pasado y el futuro. Pero es ahí, en ese margen impersonal donde flotamos. Tengo miedo a lo de antes, por si deseo que vuelva y no consigo hacerlo. Me asusta el día en el que mi hijo me pregunte qué fue lo mejor que hice con o en mi vida. Entretanto, no soy madre, porque a veces pienso que mi cuerpo no se merece que lo castigue y deforme durante 9 meses. Tampoco mi hijo se merece una madre como yo, a veces incapaz de amar diez horas seguidas. Seguro que le reñiría por jugar a juegos absurdos, por llorar cuando le dejo solo y por no saber cocinarle como las mamás de sus amiguitos. Detesto cocinar un filete, un huevo, un plato de lentejas. Así, de uno en uno… Siempre pienso que los mediodías en casa y la nevera es el mejor reflejo de mi vida entera, o de cualquier soltero, y este fin de semana sólo quedaba la cerveza que empecé el jueves. De repente otros días me da por creer que sería la mejor mamá del mundo. Con muchos bebés descalzos corriendo por el jardín, de los que aprenden pronto a escribir y antes a leer. Niños de buen comer, que sonrían mucho y se conformen con poco. Imagino cómo serían sus caras y regresa el miedo, el mismo que me genera pensar que mis santos padres pueden sentirlo por mí. No entiendo por qué cuanto más independiente, más necesito, al menos, su aprobación. Sus buenos ojos frente a los míos, inconformistas y tristes. Ya lo sé: me da miedo que ellos me teman y un día tenga que darles la razón. Como el ‘te vas a caer, hija mía’, y va y te la pegas.

Así que entre esta nebulosa que ni tuya ni mía, ando yo, espantada por esas ilusiones que no espantan. Es como un estado de congelación al despertar, empieza en el dedo gordo del pie y sube hasta mis manos quietas, mientras la cabeza sigue girando y queriendo saltar. Tengo miedo a que nada me dé miedo, que de repente el mundo se detenga y yo con él. Que esta intensidad que me incita, me conmueve, me pone y me empuja, ya no me dé vuelta. Me da miedo que pase el tiempo y no me encuentre donde quiero estar, como si este temblor no me llevase allí donde quiero ir. También tengo pánico a preferir a Jodorowsky antes que a Bukowski. Eso me asusta mucho, casi tanto como el quiero y no puedo, aunque eso más bien me da repugnancia. Es la cobardía del cinismo, del mediocre quejoso que vive muerto. No es que uno pueda conseguir todo lo que quiere, como prometen los ensayos baratos de autoayuda. Si fuera así, yo estaría ahora escribiéndote desde una casa frente a un lago, que sería mía, y que pagaría gracias a los que compran mis libros. Pero no lo estoy porque los ahorros no me alcanzan para un fin de semana en la Sierra de Madrid, ni quiero abandonar la intimidad de mi piso compartido, ni tengo talento para que me lean. Menos aún para que paguen por ello.

Al final hay ‘no quieros’ para todo y ‘te quieros’ para nada. Otra cosa que me asusta es extrañar todo eso que cada mañana me gustaría mandar lejos. Pero en verdad lo que me da terror son los que nos quieren robar los sueños: los que temen perder un trabajo, al qué dirán, a decir No a quien todos dicen Sí, al querer volver de donde te fuiste… Así que a los que creen que romper ataduras significa insensatez, les mandaría muchos abrazos. Y para los que perseguir una ilusión es tan sólo precipitarse al fracaso, les regalaría un pedazo de vida. Porque ellos, los que te llaman loco y te retienen, son sólo esclavos de su propia cordura. Y de su miedo. Pero por suerte el miedo está hecho para valientes, no para los que se detienen, viendo pasar su vida estando más pendientes de la tuya. La mía sueña con la casa del lago. Lástima que no sepa escribir.

Amor en un taxi porteño

“La gorda siempre quiso ir a Europa” decía Mario Turano, o así pude leer que se llamaba en la placa de su licencia. La oscuridad se mezclaba con la lluvia en las lunas del auto. Sólo funcionaba uno de los limpiaparabrisas, Mario prefería manejar sin cinturón y había decorado su taxi con fotos de “la gorda” y de su hijo.

Las luces que se cruzaban a contramano me permitieron ver sus ojos. Eran chiquitos, no muy lindos, pero brillaban mucho. Podrían iluminar toda la avenida Santa Fe. Y si además hablaba de ella, una dulce humedad en sus retinas se confundía con los semáforos. “Le prometí a mi hijo que con la plata del juicio, recorreríamos España, Italia,… Uuuuh no sabés cuántas veces hablábamos de eso. Pero justo cayó enferma y una negligencia médica me la quitó. De un día para otro, ¿vos te imaginás lo que es eso? Entrar al living y que no esté, así, de a una… 40 años tenía la gorda. Mi hijo sale con los amigos, está de novio, la pasa bien. Pero yo la extraño cada día más”.

Apenas 25 pesos de carrera y ya supe de su dolor, ese que se clava en el alma y el tiempo no cura. Parecía que desde aquel 20 de marzo del 89 el tiempo no pasaba más para Mario. Se detuvo, le arrancaron su pedazo… “Al menos no ve lo que pasa en la Argentina. Esta Cristina nos está llevando para la mierda. Siempre discutíamos, ella me decía que el peronismo iba a traer malas consecuencias hasta para los nietos. Era más inteligente que yo, se recibió en abogacía; yo trabajé de periodista mucho tiempo pero me cagaba de hambre. Después compré este taxi y, la verdad, no me puedo quejar”. Asiente, mientras los dos observamos a esa gente que como soldaditos salen a la calle cuando se va el sol y buscan entre los tachos de basura algo que comer en el día. Es cierto, Mario no se queja porque eso ya lo hace medio país. Todas las mañanas tiene que cambiar su ruta porque las protestas cortan las calles de Buenos Aires: “¡Lo que se hubiese calentado la gorda en una de esta!”. Se ríe. Reconozco que me estremece cuando habla en pasado del amor de su vida.

Ella, Laura, se reencarnará en ese sueño europeo, en senderos de la Toscana visitando a los primos, en Madrid hay algún tío que aun vive: “nos escribimos cartas, al viejo le hace ilusión y eso que nunca nos vimos. Estuvimos a punto de viajar en el 2000 pero se vino el Corralito y nos cagaron. ¿Y los alemanes? Son tan bravos como dicen?”. Es momento de tirar de tópicos y de paso explicarle que los españoles trabajamos algo más relajados que los peones de Merkel. “Acá no importa nada, pero bueeee… Ya voy a ir a conocer”, me responde a modo de promesa. Sí, Mario se lo prometió, era el sueño de los dos y lo cumplirá. La llevará consigo, como me lleva a mí en su taxi.

No fueron 5 horas con Mario, apenas 20 minutos. Pero suficientes para no olvidar una mirada de amante ilusionado en unos ojos tan tristes. Antes de bajarme y pagar (por este orden), me advierte: “Tenga cuidado señorita, a los argentinos les gusta mucho las españolas pero acá por un celular te pueden matar”.