Una parada en el camino

Una parada en el camino

Archivos mensuales: febrero 2012

Muriendo en el camino

El tren sin destino de Argentina sigue sin tener parada. Va sin frenos desde que el ex presidente Perón privatizara el ferrocarril allá por los años 40, y su discípulo Menem continuara con su legado de seguir vendiendo el país. Desde entonces, un esqueleto con forma de vías representa la muerte agónica que vive el país argento.

El tren de la cordura, de la prudencia, y de la seguridad en Argentina ya se escaparon. Kirchner prometió hacerlo, pero murieron él y su intención. Mientras Buenos Aires llora, demasiadas subvenciones se reparten entre amigos, sin ningún tipo de control ni de mejora de la que fuera la infraestructura ferroviaria más admirada de Sudamérica. Porque hubo un momento en el que los argentinos llegaban a la estación porteña de Retiro orgullosos, tranquilos.

Accidente en la estación de Once, Buenos Aires

Pero ahora el tren de Sarmiento es sólo un símbolo, un espejismo macabro de lo que pretenden los políticos argentinos de cara a la galería: la incompetencia e ineptitud de los que quieren llegar primero. El resto, se la juega cada día viajando entre vagones, pasando frío en invierno y asfixiándose en verano. La mayoría para llegar a sus lugares de estudio o de trabajo,  dignas intenciones que cualquier día pueden convertirse en tragedia… Ése día saldrá en los periódicos, no en todos, y en los hospitales el número de víctimas mortales crecerá. Como el tren del olvido argentino, que ya no hay quien lo pare.

Señores políticos, dejen de hablar de Maradona y las Malvinas, hay mucho que hacer…

‘¡PHOTO, PHOTO!’, por Alicia Moreno

Os invito a leer una interesante reflexión sobre el arte de fotografiar y una cuestión ética que sólo personas como Alicia Moreno saben inmortalizar. Esta vez lo hace desde el África Sub Sahariana y lo comparte aquí:

Al instante se forman en mi mente imágenes de fuerza comparable a los ritmos del Djembé: la luz infinita que todo lo abarca, la intensidad de los colores de los vestidos llevados por sus mujeres y los turbantes y “boubous” de los Tuareg, las eternas sonrisas de los niños y las miradas profundas de sus habitantes.

Viajo a África Sub Sahariana por primera vez y peco de inocencia… Viajo de nuevo con mi cámara fotográfica y llena de expectativas en cuanto al despliegue de mi pasión artística que trato de convertir en profesión y dispuesta a intentar materializar en forma de fotografía las imágenes preconcebidas antes y durante el viaje ¿Intentando emular en cierta forma el trabajo de lo que otros ya hicieron?

Imágenes cliché: mujeres aventando mijo o llevando sobre sus cabezas palancanas que contienen mil y un productos, misteriosos tuaregs cabalgando a los lomos de camellos sobre las dunas del desierto al atardecer, el amalgama de almas vagando y rebuscando en los coloridos y bulliciosos mercados malienses. Las quiero todas.
Pero en África, uno tiene que llegar con la mente muy abierta y no esperar demasiadas recompensas si se viaja con ideas preconcebidas. Es mejor desterrarlas todas.

He sido testigo de las dificultades sobre el terreno al intentar fotografiar, tanto durante el festival en el desierto del Sáhara como en el resto del territorio.

Y en numerosas ocasiones me he topado con la misma situación. La población de la calle es, en general, reacia a las cámaras fotográficas y de vídeo. Y digo en general, siendo consciente de que su aversión viene producida por numerosos factores de diversa índole. Resulta difícil desenvainar el “arma” de la controversia sin que a uno le pidan “dinero a cambio de mi retrato”.Si se quiere fotografiar al tuareg de turno o a la anciana de arrugas arcaicas vendiendo extrañas mercancías en el mercado, uno obtendrá una reprimenda del sujeto si osa robar la fotografía e irse sin pagar sin más. Y la mayor parte de las veces les doy la razón. Tengo por norma, pedir permiso a la persona que quiero fotografiar, crear un vínculo y entablar un ambiente de confianza entre mi sujeto y yo, desde una posición de respeto. Interactuar, intercambiar, profundizar. optimizar estos, a menudo, breves encuentros e intentar plasmar la esencia que aquella persona me ha transmitido. No poseo la rapidez de muchos fotógrafos a la hora de disparar sin ser visto. De “robarles” la imagen. Actuar como un carterista. Entro en una posición de bloqueo, éticamente no lo concibo. Si bien es cierto, que en determinadas ocasiones, esta es una virtud a poseer cuando se quieren captar instantáneas en las que sabemos que si pedimos permiso con antelación, el sujeto sabrá que le estás apuntando y cambiará radicalmente de actitud, perdiendo ese instante preciado que sólo el ojo del fotógrafo ve. Y es que cualquier profesional de la imagen desearía en cantidad de ocasiones ser totalmente invisible.

La expansión de la actividad turística a nivel mundial junto con el abaratamiento de la industria fotográfica de la era digital está dando lugar a una mercantilización de lo que el turista cree como “lo auténtico” o “lo típico” y en fotografía “lo natural” del lugar que visitamos. Y por ende, de sus habitantes. Viajamos y volvemos a casa cargados con millares de fotografías, de las que la mayoría tan siquiera nos molestamos en mirar. Observo, a veces, con frustración, estos turistas-fotógrafos o fotógrafos-turistas disparando indiscriminadamente a todo lo que es objeto de su atención. Observo, aún con más frustración, la actitud del sujeto ante este fenómeno. En África el ingenio es oro, cada fotografía tiene su precio “Si tu ne paies pas, dégage, va t’en”. 

Jóven integrante del grupo tradicional Touareg “Tamnana”

Jóven integrante del grupo tradicional Touareg “Tamnana”

Tomo este retrato de esta joven tuareg procedente del grupo Tamnaná, sentada sobre las dunas detrás del escenario esperando el momento de actuar. Ella ya ha posado ante una mujer canadiense la cual no ha parado de fotografiar indiscriminadamente todos y cada uno de sus integrantes, los cuales llaman la atención a cualquier occidental que pasa por ahí. Llevan puestos sus mejores y fastuosos trajes para la ocasión que junto con la belleza de sus rostros les convierten en una maravilla visual Voilà! ¡La photo! Realmente, es de las peores fotografías que he podido tomar. La expresión de su rostro es de una frialdad que hiela. ¿Quizás ya fastidiada de que la asediemos con nuestras cámaras? Aún así, ella no pidió nada a cambio. No me sentí bien tomando esta imagen. Está tan estereotipada. No existe un vínculo entre ella y yo que pueda ser transmitido al espectador de la misma, más que frialdad. O quizás sí, el hastío.

Entramos en el País Dogón, tierra sagrada habitada por el fascinante y enigmático pueblo dogón y naturalmente delimitada por uno de los accidentes geográficos más salvajes del continente, la Falla de Bandiagara. Es aquí dónde empiezo a comprender los efectos de la llamada “aculturación”. Los dogones, pueblo animista del que se cree que huyó del oeste del país para evitar el Islam y que conserva intacto su complejo sistema de tradiciones, ritos y mitología desde hace siglos, sucumben a los estragos del turismo. Inútil transmitir la rítmica tan famosa con la que he fantaseado durante días. El proceso se repite y los dogones, celosos de su cultura no se dejarán “violar” tan fácilmente.

De nuevo mis inquietudes salen a flote y me es imposible fotografiar. Los pocas intentonas en acercarme a sus habitantes para mostrarles que soy una persona inocente que no viene a “prostituirles”, son en vano. Tarde o temprano el mercantilismo hará su aparición y si quiero fotografiar tendré que pagar con dinero. La poderosa danza tradicional de máscaras es el “servicio” más codiciado. ¿Dónde hallar la esencia de estas personas, aquello tan preciado que llamamos “naturalidad”, “lo auténtico”? ¿Cómo captarlo, plasmarlo y desarrollar tu trabajo? ¿Es la fotografía comprada una imagen contaminada que mina el valor de la cultura local al ser sustituida la realidad por manifestaciones pseudoteatrales? ¿Hasta que punto el fotógrafo traspasa el límite y atropella la dignidad del local? Depende del enfoque, la mirada, la intención del profesional y de la interpretación que dará el espectador. Tengo la certeza de que durante las cientos de bellas imágenes que extasían nuestros sentidos, sus autores no se han hecho estas preguntas.

Tras mi viaje, converso con el fotógrafo español Alexis de Vilar, gran conocedor de África y sus habitantes, pues durante décadas ha recorrido el continente madre y gran parte del mundo fotografiando culturas lejanas para salvar a estos pueblos mal llamados “primitivos” del avance de la sociedad industrial. Alexis me enseña la diferencia existencial entre el hecho de “abonar” justamente después de tomar la instantánea, lo que se consideraría como una prostitución, un exhibicionismo innecesario por parte del local y negociar mucho antes con el sujeto lo que él considera justo para involucrarse artísticamente en la fotografía.

Y ya que vamos a “representar” la realidad es ahora cuando entiendo la disimilitud entre presentar a los sujetos de mi fotografía desde un punto de vista exhibicionista y vulgar, como si se tratasen de animales de zoo, o de convertirles en los actores protagonistas de su propia realidad.

Aquella que quiero revitalizar, de mostrar la importancia de su propio mundo.

Ali Moreno

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Fútbol y Religión: convivencia o desavenencia

Sthephen Tomkins, autor del libro Una breve historia de la Cristiandad, escribió “Estamos abandonando las iglesias por los campos de fútbol. Los jugadores son dioses; las gradas, los bancos de los templos. El fútbol es la nueva religión”. ¿Y qué pasa cuando fútbol y religión confluyen? ¿Conviven o malviven?
Aunque esta reflexión puede aplicarse a cualquier disciplina deportiva, por mayoría nos centraremos en el fútbol, más concretamente, en Brasil. Y he aquí cuando nos acordamos de LOS ATLETAS DE CRISTO.

Los Atletas de Cristo es un movimiento integrado por deportistas que reconocen a Jesús Cristo como hijo de Dios. Entre sus objetivos, proclamar el Evangelio, hacer del atleta un discípulo y obedecer las órdenes de Cristo. Afirman tres creencias básicas: la Trinidad, la Salvación sólo por la fe en Cristo y la infalibilidad bíblica. Presidido por el exfutbolista y ahora técnico auxiliar de la selección de Brasil, Jorginho, en sus manifiestos alegan que no son un una religión, ni una secta ni tienen ningún tipo de interés político. Prefieren el lema “Aquilo que você é falta tao alto que náo posso ouvrir o que você diz”.

Hace poco más de 30 años, fue fundada por el portero Joao Leite y el delantero Baltazar. Cuando arrancaban, se decía que los deportistas cometían pecados porque muchos trabajaban los domingos, y se movían en un ambiente desfavorable y promiscuo. Ahora hay incluso clubes de fútbol que invocan la fe en el terreno de juego, como el Club social y deportivo Cristiano Hosanna, de Chile, y el Atlético M.E.D.E. A Club, de la provincia argentina de Córdoba. Llama la atención que la hinchada de estos equipos entonan cánticos cristianos durante los partidos, no insultan al árbitro ni a los rivales, y saltan al campo sabiendo que van a dar todo por Él. Sus futbolistas no pueden trasnochar ni ir en contra de la doctrina de la Iglesia. No se les obliga a ir a Misa, pero se intenta que lo hagan. Los Atletas de Cristo aglutinan a un colectivo de más de 7000 profesionales del deporte, organizados en pequeños grupos locales y difunden sus ideas y actuaciones a través de un periódico mensual.

Atletas de Cristo es fuente de inspiración para grandes estrellas del fútbol, como Kaká, Zé Roberto, Cicinho, Silvinho o Edmilson. También para los míticos Taffarel, Bebeto, y un largo etcétera. Vemos que la mayoría son brasileños, pues es en su país  donde más arraigo tiene la organización evangélica. Además, según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, el 93% de las personas en Brasil están comprometidas de una forma u otra con el deporte. Muchos de esos futbolistas citados reconocieron que, durante los mundiales, leen juntos la Biblia, rezan y van a misa. Cada vez son más los que juegan en Europa y continúan con su faceta evangelizadora a sus compañeros de equipo del Viejo Continente. Precisamente el que fuera portero de Brasil durante muchos años, recordaba la final del Mundial de Fútbol de 1994, en Estados Unidos, que ganaron, según él gracias a su fe en Dios: “Después de 52 partidos, tres millones de entradas vendidas y cuatro años de preparación, el desenlace final dependía de dos personas: Baggio y yo, Cuando la pelota pasó por encima del palo, la única cosa que me pareció justa fue dar gracias a Dios. Él merecía esa victoria. Al fin y al cabo, ni Baggio metió el gol, ni yo paré el tiro”. Su compatriota Ze María, exjugador del Inter de Milán, fue más allá: “Ese último tiro fue la demostración que de estábamos en la parte buena… Baggio era budista y Taffarel era un atleta de Cristo”.

También conmovedor resulta el testimonio de Kaká, jugador del Real Madrid, que reconoció que su pertenencia a los Atletas de Cristo se dio a raíz de sufrir un accidente en una piscina, y que estuvo a punto de dejarle en una silla de ruedas: “Me rompí la sexta vértebra, pero vi la mano de Dios”. Kaká protagonizó y produjo él mismo el documental Este é o ritmo do meu jog (Este es el ritmo de mi juego), donde el brasileño reflexiona sobre la vida y la religión “Dios tiene un propósito para la vida de cada uno de nosotros. Creo que el de la mía es llevar el nombre de Jesucristo al mundo por medio del fútbol”.

Los Atletas de Cristo y la sociedad Bíblica lanzaron, el pasado mes de junio, la Biblia del Deporte. Entre los testimonios recogidos, se encuentra el de exjugadores de fútbol como el citado Jorginho, Fabio, Lucio (capitán de la selección de Brasil en el pasado Mundial de Sudáfrica), Falcon (mejor jugador del mundo de fútbol sala), o atletas como el paralímpico Daniel Dias, que consiguió 8 medallas en los últimos Juegos Olímpicos de China. El fin es seguir con la evangelización del deporte de cara al Mundial 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016 en Río de Janeiro.

Pero este ‘fenómeno’ no se da únicamente en Brasil, cada vez son más las nacionalidades de profesionales del deporte los que practican el Evangelio. Es el caso el paraguayo Tomás Guzmán, que también llevó su fe a Italia, país de otro futbolista miembro de los Atletas de Cristo, el actual jugador del Catania Nicola Legrottaglie. Según Guzmán, el defensa italiano resurgió futbolísticamente de su crisis en la Juventus gracias a que comenzó su andadura evangélica.

Caso curioso es el de José Edmilson, el que fuera futbolista del F.C. Barcelon. Hijo de una familia humilde de Sao Paolo, que trabajaba recogiendo naranjas de una plantación, reconoció que durante su adolescencia bebía mucho, frecuentaba malas compañías y cayó en las drogas. Uno de sus compañeros del modesto equipo donde militaba por entonces, le habló de la palabra de Cristo y le introdujo en los Atletas de Cristo. Desde entonces, asegura que el fútbol y la religión le cambiaron la vida. Compartió vestuario con los mejores, y triunfó en Europa. Con el Barça ganó dos Ligas y la Champions de la época de Ronaldinho y Eto’o, además de un Mundial con su selección.

Carlos Roa, Biblia en mano

Carlos Roa, Biblia en mano

Muchos recordarán también al arquero argentino Carlos Roa, que antepuso su religión al fútbol en el momento cumbre de su carrera. Tras iniciarse en Racing de Avellaneda y pasar por Lanús, se hizo con la titularidad indiscutible en la portería del Mallorca y de la Selección Argentina. En 1999 obtuvo el trofeo Zamora al ser el portero menos goleado de la Liga Española. No tardaron en preguntar por él los mejores clubes del mundo, como el Manchester United. Sin embargo, Roa tenía otro plan: convertirse en sacerdote de su religión, la Iglesia Adventista del Séptimo Día. No le importó el dinero ni el prestigio internacional. El argentino, que seguía jugando con el 1.3 a la espalda y no con el 13, ya que para él el 1 y el 3 eran los números de Jesús y de la Santísima Trinidad, retornó poco después al fútbol profesional. Pero con la condición de que no disputaría encuentros los sábados, el día del descanso y de la oración para los Adventistas. Nunca más volvió a ser el mismo bajo palos. Prolongó su carrera hasta los 37 años, aunque entre medias tuvo que hacer un parón para recuperarse de un cáncer testicular.

Aunque todas las intenciones de estos deportistas nacen sin ánimo de lucro y no pretenden predicar valores negativos, sí pueden verse inmersos en polémicas a la hora de saber manejar sus hábitos y estar siempre al máximo nivel deportivo. La relación entre el fútbol y la fe han creado numerosas tensiones en Brasil en los últimos meses.

Emerson Leao, ex porterto de la selección brasileña y actual entrenador del Sao Paulo ha sido uno de los que ha puesto el grito en el cielo. Se queja de que algunos líderes religiosos pueden influir aún más que los propios técnicos y dirigentes de los clubes. En una entrevista concedida al diario Folha de Sao Paulo, Leao contaba “Ya dirigí un equipo que, de veinte jugadores, dieciséis eran de una comunidad cristiana evangélica. Uno hablaba aquí y el pastor cambiaba allá. Dije: ‘Presidente, vamos a actuar’. Y él respondió: ‘Pero Leao, entonces nos vamos a quedar sin jugadores”. Leao cree que la presencia evangélica ha adquirido un peso excesivo en el país con más católicos del planeta.

También se manifestó al respecto uno de los periodistas más reconocidos de Brasil, Juca Kfouri: “No es nuevo, pero recientemente ha llegado a un punto de exageración”. Recuerda la ola de críticas que recibió por haber denunciado en 2009 lo que a su juicio fue un “proselitismo religioso” de los jugadores de la selección nacional al ganar la Copa de Confederaciones en Sudáfrica. En aquella ocasión Kaká, que en esa ocasión se quitó la camiseta para mostrar la que vestía debajo con el lema “Yo pertenezco a Jesús”, dijo tiempo después de que Kfouri es ateo y que lo perseguía por ser creyente. A partir de aquella Copa de Confederaciones, la FIFA prohibió las manifestaciones religiosas durante los partidos de fútbol, pese a que todavía no se han registrado episodios de violencia en un partido de fútbol causado por un símbolo religioso. ¿Qué pasaría si un jugador se santigua antes de saltar al terreno de juego, y alguien del público se molesta? Juzgar que el problema no está en el jugador, sino en el espectador, que con su actitud demuestra una gran intolerancia, resultaría una situación un tanto compleja. ¿Hay que perseguir al ciudadano que manifiesta su opinión o al intolerante? La cuestión más bien está en castigar al violento, sea creyente o no.

Conjeturas aparte, según el periodista Kfouri, “los futbolistas se reúnen para orar en la concentración y quien no participa es mal visto: quieren forzar a todo el mundo a tener la misma religión”. Está cansado de escuchar a jugadores decir que erraron un penalti por mandato divino y porque en el futuro, Dios les va a reservar cosas mejores… Otros, como Antonio Jorge Gonçalves, profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro, no ve aspectos negativos a la cuestión, sino que “permite a los futbolistas pertenecer a una red social donde unos se ayudan a otros, ser vistos por los clubes como profesionales más disciplinados e incluso canalizar tensiones”.

Es posible que no desvincular ni un sólo momento su faceta religiosa a su profesión haga que pierdan su capacidad de crítica y de competición. O que algún deportista pueda verse apartado del resto por no predicar con la mayoría. Hacer caso omiso a las instrucciones de su entrenador no es algo que suceda de forma aislada, sino que son cada vez más los que dejan que sea Jesucristo el que dictamine sus acciones y no tanto su esfuerzo por mejorar su rendimiento. Un exceso de afán evangelizador se extiende en Sudamérica y Europa. Sólo el tiempo y el sentido común darán respuesta a la compatibilidad del deporte profesional con la práctica acérrima de la religión.