Una parada en el camino

Una parada en el camino

Archivos mensuales: noviembre 2011

Bendita locura…

Hay seres que ven y otros que observan. Algunos que quieren, incluso aman, y otros que mueren amando. Hay seres que alcanzan dimensiones donde sólo están ellos, consigo mismos, y sólo algo casi divino podría posarse a su altura. Se detecta en sus caras, en sus andares, no hay confusión. Caminan como todos, pero ellos son capaces de pararse, valientes, ante un frío escaparate y convertirlo en luces y brillos acogedores. Otros pasan y no perciben más que un maniquí con prendas cómodas y útiles. Ellos no… no entienden de práctica, prefieren el arte, abrazar que estrechar la mano… Rozan la locura, una bendita locura a la que sólo los locos saben llegar. Esos locos no entran en los sitios porque penetran…. No saben hacerlo de otra forma. Está en su piel, en ése olor del que no se desprenden ni  entre el humo de los bares y la noche canalla.

Algunos tocan, pero ellos palpan con las manos bien abiertas. Sólo les da miedo rozar y no sentir. Son muñecas de cristal, aparentemente rígidas e inmóviles. Son frágiles, por eso a veces optan por quedarse quietitas en el estante por miedo a caer. Porque si caen se rompen, no hay término medio. Menos mal que los pedacitos se recogen, se ordenan y pueden llegar a ser más bellas que antes.

Las muñecas de cristal no piensan. Intuyen e inspiran. Se pasan la vida buscando el equilibrio, hasta que se dan cuenta que ése equilibrio es tan sólo un paradigma que está en su esencia. Ríen y lloran por igual. Y ¡he ahí el equilibrio! No más sonrisas que lágrimas, no más amores que desamores, no más días que noches, no más batallas sin reconciliaciones, ni más música que silencios.

Saben reinventarse, una y otra vez, interpretan más colores, más sabores, más aromas… entienden más de miradas que de palabras, se duermen agotados y nunca sin sueño. Ellos ESTÁN, permanecen, aunque no los veas. Y si les descubres, míralos de cerca y conviértelos en miguitas del camino para buscarte, para encontrarles… Son muñecas de cristal, bendita locura, dulce dolor…

P.D: Dedicado a todas las muñecas de cristal que aparecen y desaparecen de mi vida. A los que entienden de caricias más que de órdenes, y orgullosos caminan… Inteligentes, sensibles, capaces… Ell@s que buscan el equilibrio…

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Otoño en Madrid

Con el cielo encapotado espero que salga el sol y sea la claridad, y no la ansiedad, la que me impida dormir. Mientras, esta soledad me pone a prueba ya de buena mañana frente al espejo. Soledad que me sobra, que no me deja estar sola e invade mi intimidad sin permiso. Todavía no se había hecho el café y volvió a recordarme quién soy y quién quiero ser. Pero a veces me deja sola y siento enfilarme en un precipicio. Y a mí, que padezco de vértigo, se me nubla la vista y pierdo la nitidez que separa el vacío de mi camino. Así que decido no correr, dar unos pasitos atrás y sentarme en cualquier banco de Madrid. O en mi ventana…

Madrid… otra vez me ganas la batalla. Ciudad de bares fríos, gente de paso, pisos compartidos, de extrañas oportunidades, parejas que cenan en silencio, miradas que se cruzan en cualquier esquina, absurdas tardes de Afterwork, puntos de encuentro y luz blanca. Pero sobre todo, Madrid es una ciudad sólo apta para valientes. Valientes capaces de reinventarse, de parar en plena aceleración y de sentir que caminan solos por la Gran Vía en busca de calma.

Reconozco que a veces es difícil saber cuál es la mejor perspectiva para entender este otoño en Madrid. Lugar idóneo para Almodóvar y sus “Abrazos rotos”. A mí se me rompió el tuyo y me doy cuenta ahora. Desde entonces, los abrazos se me volvieron leves e impersonales y nunca me siento más distante como cuando abrazo. Porque me separo y enfrente de mí estoy yo… con mis ganas, mis dudas, mis ansias, mis ideas, mis miedos, mis errores, mi amor desgastado, mis excusas, mi nevera vacía, mis besos perdidos, mi sonrisa, con la necesidad de contar, impetuosa, con la sensación de hacer lo que no quiero y anhelar lo que preciso. Y he ahí ese proceso tan bello y doloroso que llaman madurez para comprender que cada paso forma parte del camino y no del fin. Entonces te abrazo, Madrid, y te llevo conmigo…