Una parada en el camino

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El canon literario: criterios válidos, criterios inválidos

El canon literario: criterios válidos, criterios inválidos es un debate iniciado por Jordi Gol (escritor, editor y profesor de literatura). En su web Paralelo Sur, nombre de su editorial y revista literaria, Jordi escribe acerca de las publicaciones que lleva a cabo con tanto mimo. Apasionado por la historia, la literatura, a todo lo que huele a humanístico, al saber…

Dos premisas son necesarias para compartir el criterio de calidad que creemos que es atributo de una obra canónica: la idea de que el arte es algo completamente inútil, que Ortega y Gasset promulga en su libro La deshumanización del arte , y la idea, compartida por muchos autores de la talla de Wilde (“toda mala poesía es sincera”), Pessoa (“el poeta es un fingidor”) o Valente, de que la poesía no es la sinceridad de los sentimientos, sino la intelectualización de estos sentimientos con el objetivo de crear un artefacto literario, es decir, estético.

Pero este esteticismo no significa que el artista se separe de su obra, que no se implique en ella. Todo lo contrario: el Eros creador genera sus propias angustias, por lo que la literatura se contagia (es una especie de ósmosis, pero no un vertido de sentimientos), de los trastornos humanos. Un claro ejemplo es la soledad que es característica de todo texto literario, una soledad esencial en que el autor está completamente aislado frente a su obra, donde nadie puede compartir la angustia de crear. La obra literaria no interioriza la angustia del autor: es la propia angustia vital, la angustia por trascender, por superar el fin de la existencia y por superar a los predecesores y a los contemporáneos. Por así decirlo, el canon se convierte en un espacio de la soledad absoluta, de la muerte, pero también de la inmortalidad (¿de la resurrección?), que arranca con los griegos. La misma musa que hace solitario al poeta le otorga la inmortalidad en el recuerdo de los hombres. Es la misma vida de la fama de la que habla Jorge Manrique en sus Coplas a la muerte de su padre , una fama para la que es necesaria la proeza, la hazaña, lo poco común, lo inaudito. En literatura, esta idea, sobre todo a partir del siglo XVIII, se liga con el concepto que acuñó Longinos de “lo sublime” . Y, ¿en qué consiste “lo sublime”? En aquello que genera un goce estético que es capaz de transportar al ser humano más allá de la realidad. Dicho de otra manera, es un placer que surge del dolor de renunciar a placeres más cómodos a favor de otros más difíciles, que exigen del sujeto pasivo que no sea tal, que desarrolle una actividad que le permita disfrutar del goce estético, actividad que puede resultar incómoda y compleja, pero que como recompensa recibe el alcance un placer superior (“sublime”). Este y no otro es el placer que predica la escuela de Epicuro. Así, el canon se justifica en una lectura dolorosa y difícil en busca de un placer superior. Se podría decir que entronca con el viejo deseo de Góngora de crear una poesía muy compleja y oscura, que oculte su verdadero significado, para multiplicar el placer del lector que consiga descubrirlo.

Es pues, el deseo de construir una gran obra, de hacer un artefacto estético “sublime” lo que define la intención del autor de una obra canónica. Ya para los griegos la estética y la agonística (el deseo de destacar sobre los demás) son una misma cosa (también para Nietzsche), siendo la literatura una herramienta estética para alcanzar la superación propia y la de los demás. Es un deseo consciente de ir más allá de su tiempo y de sus influencias. Es la intención de crear una obra totalmente original, que supere la tradición y que la subsuma en la obra. Para ello, el autor ha de convertir a sus acreedores literarios en componentes personales y originalísimos, de modo que, aunque se noten las influencias, la obra sea mucho mayor que la suma de todas estas influencias. Son escritores canónicos aquellos que son asombrosamente originales con respecto a los anteriores y que, además, nos dan la impresión de haber servido de ejemplo para autores y obras posteriores. Es decir, que para entrar en el canon, una obra ha de ser de una originalidad radical con respecto a lo anterior y tremendamente individual en el sentido de que no tolera que el eje de la obra lo constituya la ideología: una obra sólo puede entrar en el canon por criterios estéticos.

Pero ¿cuáles son estos criterios? Tres: dominio del lenguaje metafórico que sugiere nuevas posibilidades para este; poder cognitivo (en el que siempre está implicada la memoria consciente o inconsciente); y conocimiento y sabiduría con respecto al ser humano y explotación estética de este conocimiento (fuerza dramática del sexo, fuerza expresiva del dolor, etc.). Es decir, criterios que hagan que una obra no se agote en una sola lectura, sino que ofrezca un placer y una interpretación nueva cada vez que sea releída.

Es el criterio estético y no el ideológico el que ha de inscribir una obra en el conjunto del canon. Este es el caso, por ejemplo de uno de los grande libros canónicos: La Biblia. Para entender su inserción en el canon no hay que tomar el texto como una verdad ideológica, sino como un texto literario, donde rasgos como la ironía (sólo hay que fijarse en la evolución del Yahvé: caprichoso, contradictorio, iracundo, etc.), la estructura y el estilo definen mucho más su literalidad que las ideas que contiene. Es la reinterpretación religiosa que hacen del texto los sacerdotes hebraicos lo que convierte al texto literario en un instrumento ideológico, razón por la cuál no tendría necesariamente que figurar en el canon. Lo mismo ocurre con el Apocalipsis de San Juan, que es pura poesía, o con el Corán de Mahoma.

La lucha entre defensores y detractores del canon es la lucha entre la literatura entendida como estética y la literatura entendida como instrumento de transmisión moral e ideológica. Las posiciones intermedias son prácticamente imposibles y, por lo tanto, prácticamente inexistentes.

Dos son las premisas que sustentan la opinión de los defensores del canon con criterios estéticos (es decir, los defensores del canon): la necesidad de comparar para valorar un criterio estético (mejor que, igual que, peor que) y el hecho de que la literatura no sea un programa de salvación social, es decir, que pueda existir buena literatura con una ideología perversa (o moral equivocada).

Con respecto a la primera premisa, los defensores del canon arguyen que el hecho (siempre necesario) de situar un texto en la “autopista de la historia” no significa necesariamente que los condicionantes históricos y sociales determinen la escritura del texto literario. Son factores externos a tomar en cuenta, pero la escritura es algo genuinamente individual, y en esa individualidad hay que basar la esencia del criterio estético que hace que una obra reúna las cualidades para ser canónica. Si no, ¿querría decir que la literatura no puede recuperar las cimas a las que llegó en el siglo XVI y XVII, con Shakespeare, Cervantes, Lope, Calderón, Quevedo, Góngora o Ben Jonson, sino recupera los condicionantes histórico-sociales de la época? O, más aún, ¿son tan sólo esos condicionantes los que hacen que sea una época pródiga en genios?

Los defensores del canon se decantan por el pensamiento de que la literatura es cosa de élites, en cuanto a que es un fenómeno individual y no un fenómeno social. El valor estético puede, pues, reconocerse y experimentarse, pero no transmitirse de una forma lógica y racional a quienes no tiene ni las actitudes ni las aptitudes espirituales para captar sus percepciones y sensaciones. Por ello reivindican la importancia del criterio estético como criterio de valor en el juicio literario frente a aquellos que solo reivindican la reducción de la literatura a mera ideología o mistificación.

De hecho, y aun aceptando la crítica marxista de que la constitución del canon es un hecho ideológico en sí mismo -ya que tanto el escritor como el crítico deben su independencia a la sociedad en la que viven- eso no significa que no dejen de criticarla, como han demostrado todo tipo de escritores desde Sófocles y Eurípides hasta Kafka o Joyce, pasando por Cervantes, Quevedo, etc. Lo grave es que se están destruyendo los criterios intelectuales y estéticos de las humanidades en virtud de un programa de hipotética justicia social.

Por ello, la función del canon, bajo un punto de vista estético, es cerrar aquello que la llamada “escuela del resentimiento” de críticos como Harold Bloom pretenden abrir. Es decir, cerrar con criterios estéticos un canon que se quiere abrir indiscriminadamente con criterios de política social (lo políticamente correcto).

Estamos de acuerdo con los apólogos del canon en que éste sólo se puede abrir con una contemplación original, la individualidad estética, de la contemplación del ser humano en su universalidad. El canon no es un programa de salvación política o moral. De hecho, si se cogiesen los diez libros considerados canónicos (más o menos) en nuestra tradición y se educase a un niño con ellos, probablemente se generaría un ser extremadamente amoral y egoísta (La Celestina, El Quijote, El Lazarillo, El buscón, La Regenta, etc.). El canon existe para salvaguardar lo que Baudelaire llamó “la dignidad estética” del lector. Sobre todo actualmente, cuando los artefactos de la cultura popular están sustituyendo a los artefactos literarios y artísticos como método de enseñanza de valores (incluidos los estéticos).

Los detractores del canon, sin embargo, aducen todo tipo de criterios extraestéticos y (desde nuestro punto de vista) extraliterarios para abolir la figura del canon. Uno de los criterios más repetidos es la secular relegación a segundo plano de las literaturas escritas por “minorías” (un concepto algo extraño, pues si se suman todas estas minorías, surge una aplastante mayoría), por la supremacía histórica del varón blanco. Parece difícil de acepar este criterio, cuándo tenemos ejemplos en todas las tradiciones de escritoras canónicas, como podrían ser Safo en lengua griega; George Sand, Virginia Wolf, Emly Dickinson o las hermanas Brönte en lengua inglesa; o Sor Juana Inés de la Cruz, Rosa Gálvez, Emilia Pardo Bazán o María Zambrano en lengua castellana, por poner solo algunos ejemplos.

Parece, pues, un tanto flojo el fundamento de lo políticamente correcto como base para desvirtuar el canon, pero también, como ya hemos visto, lo es el historicismo de Focault o el materialismo dialéctico marxista de Lúckacs y otras tendencias behavioristas, existencialistas, o biografístas que ponen todo el énfasis en los aspectos extratextuales de la obra para estudiar el hecho literario.

Lo que parece indiscutible, no obstante, es la existencia de un concepto aceptado de canon, bien sea por su reconocimiento, bien sea por su reacción en contra de él. Personalmente, creo en la existencia de un canon fundamentado en criterios puramente estéticos que se basa en la comparación entre obras para integrar unas y desechar otras. Será pues la calidad de las obras, mejores que las demás, las que las haga entrar en el canon universal y serán los valores específicos respecto a algún aspecto literario los que hagan entrar a una obra dentro de un canon académico.

En lo que no se puede estar de acuerdo con Bloom y con otros apólogos del canon es en definir un canon occidental sólo porque nuestra tradición europea arranca de Grecia y Roma. Si realmente son los criterios estéticos los que definen la pertenencia o no de las obras a un canon y estos criterios son mesurables, lo son para todas las obras literarias, independientemente de su procedencia o tradición. Así, el Gengi Monogatari de Murasaki Shikibu (“curiosamente”, una mujer) merece figurar en el canon en un nivel parecido a Shakespeare, Goethe o Cervantes.

 

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